PEDRO VILLALAR
Quien conozca a fondo Internet y esté al tanto de la tecnología que sostiene la Red sabrá que el control de las descargas, de los sistemas P2P, de los numerosos métodos de intercambio entre particulares, etc., resulta muy difícil, prácticamente imposible, a menos que se implante una especie de Estado policial como en China o en Corea del Norte. Pero, a lo que se ve, nuestros europarlamentarios, tan amigos de la burocracia, no atienden a razones y han cometido el desmán de autorizar al corte del servicio de Internet sin intervención judicial previa. Y después se quejarán de la escasa vehemencia europeísta de los ciudadanos. Ya se sabe que hay un serio problema con los derechos de autor. Y aun no se sabe –y convendría ponerse a ello– que el problema surgirá de verdad con la literatura, ya que un libro voluminoso se esconde en un pequeño archivo informático, fácil de transportar y de difundir. Pero la resolución de estos problemas no pasa por reprimir la espontaneidad, por vigilar estrechamente a los internautas, por someter Internet a una estricta censura sino por aguzar la imaginación, replantear los negocios, conquistar los mercados mediante más productividad y mayor valor añadido. No hacerlo así es tan voluntarista como poner puertas al campo.