GUSTAVO CATALÁN
En esta cultura nuestra donde la muerte se oculta, pensarla a todas horas tiene su mérito. Y no diré del hacer de ella sustento, así que la industria funeraria, con todo y tener la clientela segura, en aumento y sin crisis que le tosa, merece un plus de respeto.
Las funerarias –sus gestores, por precisar– no sólo deben sobreponerse a la congoja, sino obtener alegrías a su través. Lágrimas y sonrisas son el haz y el envés, luces y sombras en torno a la finitud aunque, como se sabe y afirmaba Duchamp, siempre se mueren los otros: esos que procuran consuelo a los empresarios del más acá. Y del consuelo al mangoneo un paso, pero al finado ni le va ni le viene, así que nada con más sosiego que un negocio de usuarios impertérritos, se llame, tal vez por eso, Bon Sosec (promovido por el ex alcalde Fageda a través de su empresa "Edificaciones y construcciones Domus") o, en el futuro, Jardín de Reposo, pues así piensan rebautizarlo los nuevos propietarios si la normalización lingüística no tiene algo que objetar.
Lo han comprado los mismos que en Madrid, en época del alcalde Álvarez del Manzano, se hicieron con el 49% de la funeraria municipal por cien pesetas. Como lo oyen, y es que, en lo tocante al reposo eterno, no rigen los baremos al uso, aunque esta vez hayan pagado alrededor de 3.5 millones de euros; más o menos sus beneficios de un semestre. Para la más suculenta tajada caben, entre otras explicaciones, que en Mallorca se valore al alza el óbito o bien que las funerarias municipales, a diferencia de las privadas, no den ni para pipas, aunque lo último se contradice tanto con el interés de esa empresa, Fuenespaña, en Madrid, como con las presunciones que han llevado aquí a imputar delitos a la ex concejal de Pompas y al ex gerente de la empresa funeraria.
Sin embargo, convendrán ustedes que las peculiaridades que concurren en unas actividades supuestamente fraudulentas no pueden despacharse de un plumazo, y si los mangoneos que citaba al principio son equiparables a tantos otros en sus objetivos, no así las pulsiones que pueden haberlos auspiciado. En el caso de la ex concejal Sans, ignoro cómo habrá justificado sus viajes de placer con cargo a las pompas, pero de haberme escogido como asesor habría hecho énfasis en lo que pudo estar en el origen de sus escapadas, aunque fuese de modo inconsciente. Quietud y movimiento son las dos caras de una misma vida, y si lo primero que abandona a los difuntos es el movimiento (después el calor), es comprensible que de esas certidumbres que por su quehacer constataba a diario, surgiese el irrefrenable impulso de moverse cuando aún es tiempo, y es que el cotidiano espejo de la propia mortalidad puede hacer más sabios a algunos y, en otros, obrar el efecto de un cohete en el trasero. De ahí los viajes, máxime si salen gratis. Vivir es también comenzar a morir, pero aunque se asuma que la clientela está por el reposo y la abstinencia radicales, estas premisas no pueden hacerse extensivas a unos gestores que bastante tienen con sobrellevar la lucidez que el oficio lleva aparejada. El ¡Goza, que son dos días!, o una más contundente incitación: el muerto al hoyo y el vivo al bollo (este último como antónimo de hoyo), son los imperativos que pudieron guiar al segundo implicado hacia los hoteles de cinco estrellas y las cuchipandas, dado que nadie, ni siquiera los jueces, estarían por un bollo a palo seco.
Estos negocios, en el límite de la existencia terrenal, participan del mismo contexto que otros, aunque llevados al extremo por su propia naturaleza. Se empieza por vivir bien a expensas de quienes lo pasan mal –desde médicos y gestores sanitarios a los banqueros de hipotecas a mileuristas–, y se acaba por hacer reuniones europeas sin reparar en gastos y a costa de los que ya no lo pasan de ningún modo, herederos aparte. No obstante, y en el caso de Oscar Collado, ex gerente de la funeraria, es obvio que el amor y la muerte (dos de los tres temas fundamentales para el escritor Monterroso; el tercero, las moscas, vamos a dejarlo) se han fundido en una simbiosis que debiera matizar el juicio que nos merezca el cuestionado uso de los dineros públicos.
Recuerden a san Juan de la Cruz: "Gocémonos, amado / y vámonos a ver en tu hermosura / al monte y al collado / do mana el agua pura…". Collado, ¿lo ven? Gestionar un cementerio y estar en boca de un santo, tiñen de trascendencia ciertas licencias, y es que no es lo mismo andar en teóricas trapisondas para un palacete de uso propio que cobrar comisiones por la venta de palacetes para el eterno descanso. Por eso, quizás, Matas nunca fue atisbado prospectivamente –hasta donde me consta, el lirismo no ha contemplado un Entre montes y Matas– en los éxtasis místicos. En cuanto a los banquetes de trabajo, la índole de éste y la naturaleza del producto, recordatorio constante del polvus reverteris, incorpora atenuantes intrínsecos al oficio: el polvus pierde calidad si le sigue un latín en la cabeza del actor. Por ende a ambos, Sans y Collado, les va a ser difícil librarse del olor a putrescina, a cadaverina, incluso tras el abandono del cargo y aun cuando no hubiese imputación. O sea: que van servidos.