ANTONIO PAPELL
El mensaje más diáfano que ha emitido el PP después de las reuniones de la Ejecutiva valenciana, el lunes pasado, y de la Ejecutiva estatal, el martes, ha sido el de la imposición imperativa del silencio. Hemos regresado a los tiempos inmaduros de "el que se mueva no sale en la foto" (inefable consigna de Alfonso Guerra), aunque esta vez el lema está siendo enarbolado por una derecha que se adjudica enfáticamente el adjetivo "liberal".
Si bien se piensa, es llamativo que los conflictos territoriales del PP en Madrid y Valencia, cuyo surgimiento se ha debido al descubrimiento de la "trama Gürtel" y a las sucesivas revelaciones del contenido de los sumarios, hayan desembocado en luchas de poder. En Valencia, Camps, incapaz de afrontar el problema con solvencia, podría verse desplazado, y en Madrid se ha visto una vez más el desafecto de Esperanza Aguirre hacia la dirección nacional encabezada por Rajoy. Y es altamente significativo que, en este forcejeo capitalino a cara de perro, la única sanción haya recaído en el autor de unas declaraciones.
Nuestro modelo constitucional consagra, ya se sabe, una "democracia de partidos". Ello significa que son las organizaciones y no sus miembros las verdaderas protagonistas. Y en otro tiempo, los conflictos internos que afectaban a los partidos tenían que ver con cuál había de ser su posición ideológica. En la vieja UCD, había una disputa entre democristianos, liberales y socialdemócratas; en el PSOE, se produjo el abandono del marxismo y ha habido durante mucho tiempo un debate entre la corriente "Izquierda socialista", radical de izquierdas, y la tibia socialdemocracia mayoritaria. En el PP, y en tiempos de Aznar, fue posible identificar los vectores neoconservadores… En la primera legislatura de Zapatero, la acción política llegaba de la mano del "Republicanismo" de Pettit, quien había pautado un nuevo rumbo socialdemócrata basado en la "libertad como no dominación…". Con Rajoy, las ideas se han eclipsado. El nuevo líder maneja sólo estrategias; en la anterior legislatura, optó por la una estrategia de confrontación, que no le dio resultado en las elecciones de 2008. En la legislatura actual, ha adoptado una estrategia de moderación, que se le deshilacha por el flanco de la corrupción.
En otras palabras, mientras nuestro modelo de partidos declina hacia la partitocracia –existe una creciente colonización de la sociedad por los partidos– los discursos ideológicos desaparecen. Y en medio de este silencio, el Gobierno, agobiado por la crisis, no tiene más remedio que improvisar para ir adaptándose a la coyuntura. Frente a él, la oposición –Rajoy– se limita a manejar cuatro tópicos vacíos que le han preparado sus asesores y que a menudo son contradictorios entre sí.
También es un tópico la proverbial mala calidad de la política española, que en general no ha sido ni mejor ni peor que la de nuestro entorno. Sin embargo, la mediocridad habitual se vuelve llamativa e hiriente en una época de grave dificultad como la actual. Las luchas por el poder son divertimentos en tiempos de prosperidad pero se convierten en insidias intolerables, en desaires graves a la comunidad, cuando tienen lugar mientras la sociedad padece las peores contrariedades de toda la etapa democrática.