DANIEL CAPÓ
En los Estados Unidos, el editor de The New York Times Book Review, Sam Tanenhaus, acaba de publicar un ensayo, The death of conservatism, que desafía los planteamientos ideológicos de los neocon. Por supuesto que Tanenhaus es un conservador lúcido que apela a lo mejor de la tradición moderada del republicanismo político. Irving Kristol, en un recordado artículo publicado hace treinta años en The Public Interest, afirmaba que la superioridad intelectual del conservador consiste en su actitud más realista. Eludir la realidad, por tanto, equivale a la negación del posibilismo conservador. Valentí Puig ha escrito que "el moderantismo es una forma de mirar el mundo con sosiego que invita a la convivencia democrática en estos tiempos presididos por el desconcierto". De todo esto nos habla Tanenhaus.
La tesis central de The death of conservatism arranca de la convicción de que la derecha americana ha abandonado el espacio central del debate político. Dicho de otro modo, en el terreno de las ideas la izquierda lleva la iniciativa: en Estados Unidos, con la reforma sanitaria y el programa de estímulo económico; en España, con el debate por el laicismo o por los derechos civiles. Al caer en la demonización del rival –ese sutil tránsito de adversaire a ennemi–, el conservadurismo se ha arrinconado voluntariamente en un extremo de la sociedad. La discusión deja de plantearse en términos racionales para adquirir el estilo de la confrontación. "Ésta –sostiene Tanenhaus– no es la actitud de un conservador, sino la de un radical que niega la posibilidad de un gobierno virtuoso". La hipermoralización de la ideología contradice el ideal conservador, que no puede ni debe caer en la tentación contra-radical. "La función de los conservadores –prosigue el editor literario de The New York Times– no es desafiar cualquier programa liberal –por izquierdista–, sino analizar sus ventajas y sus defectos, apoyando a las primeras y enfrentándose a los segundos". Se trata de una idea razonable que el PP debería tener en cuenta si quiere convertirse en una opción de gobierno.
Al fin y al cabo, dos premisas resultan ciertas. La primera afirma que la gran mayoría de ciudadanos desea mejorar sus condiciones de vida materiales. La segunda, que hay una inmensa minoría –esto es, el centro transversal– no ideológica y que vota a uno o a otro candidato por una cuestión de credibilidad. Rodríguez Zapatero ha ido quemando etapas a velocidad de crucero: más pobreza y menos credibilidad. La consecuencia del giro copernicano del zapaterismo ha sido una creciente radicalización del proyecto político socialista: más aborto, más laicismo y más sindicalismo. En última instancia, más pobreza. Los puntos de encuentro con la sociedad no ideologizada se disuelven mientras el PP se enroca en el odio cainita –léase Madrid– y la corrupción. Por otra parte, ¿cuál es la alternativa a Rajoy?
Leemos a Tanenhaus con un ojo mirando a América y otro a España. Bien pensado, el mejor Aznar fue el primero y no el segundo; y también González fue un político más brillante –por pragmático– que Rodríguez Zapatero. Sencillamente, la antipolítica no es rentable.