Nuestro Settembrini

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Nuestro Settembrini
Nuestro Settembrini 

EDUARDO JORDÀ Quizá porque me molestaban algunas de las garrapatas que pululaban a su alrededor, no me interesé demasiado por la obra de Francisco Ayala. Fue un gran error. Este escritor que acaba de morir a los 103 años –vivió medio año más que Ernst Jünger– fue una de las mejores mentes del siglo pasado, un siglo que en España no estuvo muy sobrado de mentes de primera magnitud (nuestros grandes creadores, basta pensar en Lorca o en Buñuel, tienen una altura intelectual bastante discutible). Pero Ayala era justo lo contrario. Me hacía pensar en uno de los personajes de La montaña mágica, el luminoso Settembrini, aquel liberal italiano que se pasaba la vida discutiendo con el siniestro Naphta en un sanatorio para tuberculosos perdido en los Alpes. En algún momento de sus largas discusiones, Settembrini exclamaba: "¿Sabe usted cómo se dice humedad en latín? Pues se dice humor. ¡Humor!". Y el reseco, resentido, feo, taciturno y dogmático Naphta –que creía en la dictadura del proletariado y que aprobaba los sufrimientos de los pobres que no habían sabido rebelarse contra sus amos– tenía que callarse frente al desenfado del húmedo italiano que creía en la luz del sol y en la libertad esencial del individuo.
Y así era Francisco Ayala, un hombre que creía en esos tres conceptos homólogos que son la claridad, el humor y la libertad del individuo. Dicen que jamás se privaba de su whisky de media tarde ni de pasarse media hora mirando por la ventana desde una mecedora. Dicen que era el único centenario del Universo capaz de recordar con precisión quién era Ritchie Valens ("Ah, aquel chicano de Los Angeles que cantaba ´La Bamba´. Creo que su verdadero nombre era Ricardo Valenzuela y que murió en un accidente aéreo"). Dicen que era el usuario de más edad con una página propia en Facebook. Y dicen que no creía en Dios, pero sí creía en San Juan de Dios, al que le dedicó uno de sus cuentos más hermosos.

Ayer estuve viendo una larga entrevista que le hicieron cuando acababa de cumplir los cien años, y me sorprendió su extraordinaria lucidez y su dominio de la Historia. El entrevistador –tan adulador como la mayoría de entrevistadores de las cadenas autonómicas– se empeñaba en convertir al pobre Ayala en una especie de "zapaterista andaluz" (un combinado de "buenismo" ideológico, localismo esencialista y simplificación histórica). Pero Ayala, con más cintura que muchos futbolistas del Real Madrid, se zafaba con tal habilidad de las etiquetas adulatorias del periodista –60 años más joven que él– que parecía una liebre perseguida por un hipopótamo. Y cada vez que el periodista insistía en la importancia trascendental de su condición de andaluz, Ayala le lanzaba una mirada cargada de picardía y de escepticismo, y luego le contestaba que sí, qué remedio, él había nacido en Andalucía y había vivido toda su infancia en Granada, así que su obra siempre estaría predeterminada por ese hecho casual, pero que lo único importante era la universalidad de su mirada ("si es que la he conseguido, claro"). Y cuando el entrevistador le hablaba en tono melodramático del exilio republicano, Ayala volvía a dirigirle una mirada maliciosa y le contestaba que para él no fue ninguna tragedia, porque en América pudo ganar un dinero que aquí nunca habría podido ganar.
Ya he dicho que Ayala fue nuestro Settembrini. No creía en los totalitarismos, ya fuesen fascistas o comunistas. Era un liberal, pero no de ésos que han sustituido el alma humana por la cuenta de beneficios, sino un liberal a la antigua, de los que sabían que no hay libertad sin cultura y sin humanismo (es decir, sin piedad y sin grandeza). Y en este país de nihilistas que no respetan nada porque no saben nada, daba gusto oír hablar a alguien que conocía la Historia y había reflexionado a menudo sobre ella. No olvidemos que Ayala tradujo a Carl Schmitt (nada menos), igual que tradujo a Thomas Mann y a Rainer Maria Rilke. Y aunque no llegó a traducir La montaña mágica, al menos tuvo el privilegio de ser el equivalente español de uno de sus protagonistas, aquel Ludovico Settembrini que en el duelo final a pistola con el tétrico Naphta se negó a disparar a su contrincante. Ayala tampoco quiso disparar contra nadie, ni siquiera durante la guerra civil. Que un hombre así llegara a vivir 103 años es una de esas inexplicables ocurrencias que a veces nos permiten creer que el mundo está bien hecho.

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