NORBERTO ALCOVER
Tanta es la corrupción que está saltando hasta la conciencia ciudadana que, sin poder evitarlo, muchas personas se están haciendo insensibles ante un fenómeno extraño en el conjunto de los países de nuestro entorno, salvando, tal vez, el tremendo caso italiano, con su propio presidente en cabeza de esta lacra. Los españoles, tan dados al criticismo más cruel, en este caso comenzamos a dar síntomas de que nos encontramos ante algo inevitable. Y por otra parte, se da el caso coyuntural que la corrupción nos ataca mientras la economía nos destroza. De esta manera, ya no sabemos qué es más desolador, si las carencias económicas, que conducen al empobrecimiento del país, o las corrupciones políticas, cada vez más desconcertantes porque afectan a personas/personajes que gozaban de crédito social y no menos político. Estamos hartos y nos decimos que un poco de paciencia porque todo acabará por pasar y llegarán tiempos mejores. Lo mismo que dice esta mujer tan expresiva que es nuestra ministra de Economía y Hacienda. Hay que ver.
Pero si los ciudadanos ya estamos cansados de tanta porquería de un grupo de nuestros políticos hasta el punto de pasar de ella, otra cosa debería ser la actitud de los correspondientes partidos a los que estos individuos pertenecen, y que en tantas ocasiones permanecen como expectantes a que la justicia emita su veredicto para apoyarse en él a fin de, entonces, tomar medidas pertinentes. Es decir, los partidos políticos, en general, abdican de su propia responsabilidad ante la corrupción y solamente actúan cuando el juez procede a la imputación de alguno de sus militantes. Como si fueran incapaces de reaccionar por sí mismos ante lo que les perjudica en su mismísima raíz. Es una situación del todo punto llamativa cuando no injusta con los votantes que exigen, desde el comienzo, medidas radicales de sus propias formaciones políticas. Los jueces juzgan, pero los partidos deben de custodiar la democracia en todo momento, les guste o no.
Esta situación encuentra referencia en la formación política y ética de los partidos políticos que, verano va y verano viene, organizan reuniones de sus líderes con los jóvenes militantes que, muy probablemente, acaben por integrarse en la maquinaria de sus propios grupos ideológicos, que tal cosa son los partidos políticos: una ideología con la que se pretende organizar la sociedad, como nos deja en evidencia una y otra vez nuestro presidente del gobierno, capaz de cambiar de posición cada día en función de sus intereses ideológicos de fondo. Todo es medio cambiable para sus fines, en la mejor escuela del maquiavelismo postmoderno. ¿Qué se enseña en tales reuniones estivales? ¿Qué teoría política se imparte más allá de la ideología del partido? ¿Qué relación ética se establece entre política y ética general en todo lo relativo a los derechos humanos de los ciudadanos en cuanto tales?
Ha llegado el momento de que cada cual aguante su vela, de que cada partido se responsabilice de sus miembros, sobre todo de aquellos a los que ha situado en la cumbre de su organización, para impedir que su corrupción acabe por corromper los engranajes mismos del partido y del resto de sus militantes. So pena de que prefiera que, llegado el momento electoral, sus votantes opten por la abstención, en caso de que no entreguen su voto a otra formación política más honrada. Porque si la ideología proclamada por su determinado partido es semejante, en la vida cotidiana, al grado de honradez de sus dirigentes corruptos, entonces lo normal es que sobrevenga el hartazgo del votante y, con evidente injusticia, aplique el mismo baremos ético a todos los miembros del partido en cuestión y el suyo tendría que pasar un largo tiempo en el ostracismo político. Sería lo normal. Y sin embargo, en muchas ocasiones sucede que, tras la corrupción manifiesta, los votantes, hartos como decíamos al comienzo, vuelvan a entregar su voto a quienes están corrompidos, poniendo por delante sus intereses ideológicos antes que los del bien común. El colmo del desastre en una democracia que se precie.
Está claro que la mayoría de nuestros políticos son gente honrada. Pero precisamente por ello mismo, los honrados tienen la responsabilidad de extirpar esos tumores cancerosos que afectan a sus respectivos grupos. Porque de no hacerlo, se hacen cómplices de la corrupción ajena. En estas delicadísimas cuestiones de la corrupción no valen los amigos de muchos años, porque una cosa es estar cercano humanamente a la persona descubierta en corrupción, y otra muy diversa tomar las medidas pertinentes según la inmoralidad pública cometida. Una cosa no evita la otra. Los ciudadanos, desgraciadamente, pueden estar hartos y pasar de tanto engaño. Los partidos políticos en absoluto. Porque a más poder, mayor responsabilidad. Éste es el juego de la democracia.