FERNANDO PERELLÓ (*)
Ya sé que para ti nada es tan peligrosamente fácil como dejar de pensar ni tan sorprendentemente difícil como renunciar a opinar, así que dame dos ideas, apoyadas en dos conceptos clave para alcanzar la calidad turística necesaria para recuperar este millón de turistas que habéis perdido en el curso del presente año.
Así se expresó mi siempre imprevisible amigo sueco de Estocolmo que, en ocasiones, me da la impresión de que no desdeña alguna dosis de humor vikingo ni prescinde de cierta sorna mediterránea, para apabullarme con preguntas que sólo algunos políticos pudieran estar capacitados para contestar, por aquello de, yo lo sé todo, tú sabes el resto. Te recuerdo, le dije, que hace algún tiempo yo te pregunté que me dieras tres razones para venir a Mallorca en invierno y tú me contestaste de una forma sibilina que guardo en la memoria:
Acudir en busca de la luz amarilla de la vinagreta en flor si eres pintor o te gusta la pintura. Volver en busca de la prolongada queja de las olas de Deià si eres escritor o te gusta la literatura. Correr en busca de un tiempo apacible en el país de las gentes ingenuas que creen que la tierra gira exclusivamente alrededor de sus ombligos, si no eres ni pintor ni escritor.
Tus tres razones, le dije, me parecen ser el punto donde la voluntad ingenua se distancia de la razón contrastada. Nuestros políticos no se han percatado todavía que nuestro planeta tierra es cada día más pequeño. Les sobran razones para obviarlo pues les falta voluntad para reconocerlo, pero sus ombligos no son ingenuos. Muchos de nuestros políticos protegen sus ombligos como parte principal de sus huertos personales de los cuales viven. Su color político no interfiere en su permanente vocación de servicio público.
El hecho que crea que tienes razón no es óbice para que no contestes a mi requerimiento, me dijo mi amigo sueco, ya un poco mosca. Y te advierto, añadió, que si cerrais los ojos a la realidad vuestro despertar puede ser funesto. La pasividad es una forma inadecuada de renunciación y no podeis dejar de intentar adaptaros a la realidad cambiante para no perder el tren de la tan deseada recuperación.
Para mí, le dije, el reto es doble, pues si queremos optar a un nivel de calidad turística elevado deberemos, como todos sabemos:
Promocionar profesionalmente nuestra comunidad turística en el exterior.
Proteger, respetar y defender nuestro acervo natural y cultural en el interior para facilitar a nuestros visitantes su acomodo personal y lingüístico.
Para promocionar nuestro turismo en el exterior, con asistencia a las ferias turísticas, hay unanimidad municipal. Es verdad que asistir a las ferias turísticas de Londres, Berlín, Madrid y París, por no citar que unas pocas, es una absoluta necesidad que ningún alcalde o edil, de una zona costera o no, puede obviar. Será, tal vez, porque en el pasado no había escasez de recursos para pagar a tiempo a los proveedores. Eran otros tiempos. En la actualidad y aún al margen de la indiscutible y determinante influencia de la calidad turística para la absolutamente indispensable recuperación de nuestro turismo está la toma de conciencia de los responsables políticos, y de la sociedad en general, como una urgente necesidad, y sintiendo la urgencia un concepto abstracto y mental, deberemos convertirlo en concreto y material, aún a costa de cierto vértigo. Ello requiere un cambio de mentalidad y exige otro planteamiento. Últimamente se oyen cada vez más voces que demandan o simplemente sugieren un cambio de modelo y otras porque se inquietan de las penurias presentes y de las miserias por llegar.
¿A qué te refieres, exactamente? me preguntó mi estoico amigo sueco. Ya sé, me dijo, que para los españoles se hace camino al andar pero yo, como buen sueco, me he extraviado en tu caminar. Admitiendo, y no sé si concediendo, que carezco de la necesaria versatilidad para captar con la suficiente lucidez que a algunos suecos les parece que los del sur no tenemos remedio, te hago saber que sí sabemos rectificar y que lo haremos, le dije sin alterarme.
¡Dime cómo! Me espetó mi amigo sueco, con la serenidad de quien contempla lo indefinible. Por una cuestión de coherencia y de solidaridad con la verdad debo reconocer que no será fácil, le contesté ya un poco a la defensiva, pero hay situaciones que son muy mejorables y yo no tengo como tú, reservas irónicas, sobre nuestra capacidad para resolverlas.
Sea cual sea la manera de enfocar el próximo futuro entiendo que hay errores cometidos en el pasado, con lamentable proyección de presente, le dije, como en Andratx, que se tienen que evitar, si queremos conseguir una calidad turística homologable, aceptada por nuestros visitantes.
Para conseguir una calidad turística al estilo occidental deberemos evitar continuar maltratando el paisaje. Ello no es sólo de hoy. El 01/06/94 escribí un artículo preguntando, con muy poco éxito, ¿imagina alguien el Festival de Cannes en un marco de destrucción masiva de las montañas de su entorno?, ¿conoce alguien una ciudad suiza cuyos lagos estén rodeados de montañas devastadas por excavadoras gigantescas?, ¿sabe alguien de una ciudad italiana con un casco antiguo como el nuestro, rodeado de montañas cortadas por la mitad? Ciertamente no. Entonces ¿por qué no declaramos como cualquier gobernante francés, suizo o italiano, de interés social su recuperación? El 10/11/2004 volví a incidir en el tema, con el mismo éxito, con Las canteras de la vergüenza. Hoy cuando los turistas llegados a nuestro aeropuerto se dirigen hacia Palma, la primera impresión visual es la de nuestra ciudad enmarcada en una inmensa cantera. Todos los turistas la ven. Nosotros no.
En otro orden de cosas, comprobamos a diario que vivimos en un país cubierto de vallas publicitarias. Después de la ciudad enmarcada en una gigantesca cantera nuestros turistas, antes de llegar a sus hoteles, disfrutan del paisaje de una forma intermitente, entre valla y valla. Todo ello para informarnos como comprar un televisor que ya tenemos o un piso que no podemos. Todos los turistas lo sufren, pero nosotros también pero por partida doble, porque aquellos que deberían velar por la prohibición de las vallas, como en todos los países occidentales, se ufanan en utilizarlas para informarnos que el dinero público que no podemos utilizar para socorrer a los parados (90.000) nos lo gastamos en informar, como IB3, sobre acontecimientos deportivos, a un coste vergonzante, que otros nos ofrecen gratuitamente. Será porque muchos políticos no están capacitados para aplicar políticas destinadas al ahorro pero si lo están para la ostentación del despilfarro, duplicando instituciones políticas para las mismas funciones y creando empresas públicas con déficits demenciales para eventualmente colocar a dedo a sus allegados, políticos y familiares, y a ellos mismos, en los lugares mejor remunerados, con la financiación pública garantizada. Todo ello naturalmente haciendo apología del servicio público frente a la dramática situación del sector privado.
O sea, me dijo mi amigo sueco de Estocolmo, ¿que vuestra recuperación turística está en el alero?, pero, por cierto, añadió, ¿qué significa catarsis? Que, al parecer, es una palabra griega que desconozco, que me han comentado en el gimnasio, que es otra palabra griega que sí conozco, por aquello de la gimnasia sueca.
Justo en el momento en que no pensaba contestarle me llamaron al teléfono, otra palabra griega para intentar colarme no recuerdo qué, así que tuve que desearle una feliz mañana y quedar para otro día para el café.
(*) Presidente del Cercle Financer de Balears