MIGUEL DALMAU
Uno de los mayores regalos de la vida es aprender de la experiencia. Si uno saliera del claustro materno con todo el bagaje que se lleva a la tumba, seguramente no cometeríamos tantas estupideces. Y esta norma, que vale para los individuos, debería también servir para las sociedades o las instituciones. Viene esto a cuento porque parece detectarse –o eso nos dicen– cierta luz al final del túnel de la crisis. Por ahora no sabemos aún si esa luz es sólo un efecto óptico provocado por nuestros anhelos o un destello esperanzador que irá adquiriendo consistencia en los próximos meses. Sin embargo, la clave del asunto no es saber cómo entramos en la crisis –de hecho ni los expertos se ponen de acuerdo– sino cómo vamos a salir de ella. Y al hacer esta pregunta no me refiero solamente al magro estado de nuestra cuenta bancaria, sino a otros factores importantes a los que aún no hemos dado el menor relieve.
La única gracia de este descalabro, si tiene alguna, es justo lo que queda más allá de la faceta económica. Algo así como su dimensión moral. Es decir, ¿con qué actitud abandonamos la travesía del desierto? ¿hemos aprendido algo? ¿o simplemente hemos resistido por narices y ahora viene la nuestra? He aquí la cuestión. Muchos de los principales damnificados, pienso por ejemplo en inmobiliarias, constructores, hoteleros, propietarios de bares y restaurantes, sector financiero, fabricantes de automóviles, etc, llevaban mucho tiempo poniéndose las botas a costa de una situación ficticia e irreal. En consecuencia, estos años de penuria deberían invitarles a hacer una profunda reflexión… La misma que se plantea un rey destronado cuando trata de entender en las largas noche de invierno qué errores le condujeron al exilio. Pero como suele ocurrir a menudo, el ser humano tarda en aprender de los errores. Seguros de que han sido víctimas de una injusticia colosal, los damnificados en cuestión están convencidos de que su comportamiento fue ejemplar y que, por tanto, no merecían un castigo semejante. Más aún, tras este período de vacas flacas ya están preparando la contraofensiva para recobrar cuanto antes el terreno perdido.
Otro tanto ocurrirá, me temo, con los individuos y las familias. Nuestros malos hábitos económicos están tan arraigados que va a ser difícil extirparlos totalmente. El duro paréntesis no ha hecho más que generar ansiedades y dolorosas frustraciones. Y bajo esta realidad se han alimentado también unas ganas locas de volver a darse el gran atracón. Nuestra sociedad, y basta ver a nuestros hijos para confirmarlo, está muy mal pertrechada para afrontar contratiempos. Acostumbrados a una existencia llena de gratificaciones, cualquier renuncia representa para ellos un auténtico descalabro. Esas compras aplazadas, esas vacaciones interrumpidas, ese vestuario pendiente…todo sigue allí, a la vuelta de la esquina, con un cartel luminoso que lleva nuestro nombre. Grave error. El único sentido profundo de esta crisis, insisto, es invitarnos a replanteárnoslo todo. Poner un límite claro entre las necesidades y los caprichos, lo necesario y lo superfluo. Y sólo entonces volver al camino.