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Mi trozo de Barcelona

 
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GUSTAVO CATALÁN Ciudad universal y presta a ser fragmentada por quienes la han vivido. Cosmopolita y provinciana, incluso casera en ese barrio que sigue ahí, ofreciendo anclajes para una escalada hacia atrás: a los parajes de la memoria por la calle Capitán Arenas y hacia arriba.
La acera derecha se me hace irreconocible en sus solares hoy construidos, de modo que me pego a la izquierda en persecución de unos recuerdos que, como afirma García Márquez en sus memorias, son la propia vida. Sin referentes serían imposibles afectos y querencias, pero están presentes desde el inicio de la calle para quien va ilusionado en su busca como es mi caso, y así, en la esquina con Diagonal, el mismo edificio misterioso de piedra gris, donde nunca vimos entrar a nadie y siempre creímos casa de prostitución para gentes de alcurnia. Actualmente es la sede de Fibanc Mediolanum, una filial del banco italiano. Tampoco observo esta mañana movimiento alguno; será un efecto colateral de la crisis o, tal vez, los inversores acudan al oscurecer, tan subrepticios y medrosos de luz y taquígrafos como los imaginados clientes del sexo.
Ahí está la torre de la Iglesia de Santa Gema que jamás visité, como tampoco crucé la puerta de la inquietante Familia Pasionista y no voy a hacerlo ahora, ni podré detenerme en el bar que montó Czibor en las inmediaciones. El Kek Duna (Danubio azul, en húngaro) ha desaparecido; tal vez sea este café Garlana sin historia, donde ya no alienta el futbolista de una alineación mítica: Ramallets y Rodri, Gracia, Segarra, Kubala y Zoltan Czibor. En aquel bar dejé aparcada mi afición por el fútbol junto a muchas tardes de noviazgo, pero la frustración dura un instante porque, a un centenar de metros, ahí está, ahí está viendo pasar el tiempo –¡cuánto tiempo!–, la Residencia de Estudiantes Muñoz Grandes, nº 52-56. Desde su inauguración guarda celosa, viendo pasar el tiempo, los aromas de la dictadura mezclados con los de mi primera juventud. Desde que me sentaba en el banco de cemento situado a la entrada –mi seiscientos gris cuidadosamente aparcado delante–, para reírme con los chistes de Aguiló (siempre nos llamábamos por el apellido) al fresco de la noche o escuchar las digresiones del canario Cabrera sobre una marihuana que él llamaba matita.
Si somos la memoria, aquí soy otra vez: el de aquellos seis años con sus madrugadas de texto y humo. La recepcionista que me ha permitido deambular a mis anchas –en aquella época todos los porteros eran varones– ha adelantado su mostrador, así que no sería posible alcanzar su cabeza con una bolsa llena de agua y arrojada desde el tercero. Ella sonríe sin ganas a la evocación, me dice que la Residencia es ahora mixta y el comedor se ha convertido en autoservicio, pero sentado en el bar, cerrado tras un fallido experimento de autogestión estudiantil y donde sentaba cátedra Pepe el cojo (o el engañabaldosas, según el ánimo riguroso o metafórico del interlocutor), aún puedo oír las voces de antiguos compañeros, saborear los buñuelos que mandaban desde casa de vez en cuando, sentir en los dedos alfiles o caballos y participar en los debates que cambiaron mi visión del mundo con la inestimable ayuda de Waldemaro, dos cursos por delante y en la actualidad médico analista en Navarra.

Siguiendo el paseo, la calle Manuel de Falla. Me alegra comprobar que Baudelaire –"La forma de una ciudad cambia más rápidamente que el corazón de un mortal"– no lleva toda la razón. Porque sigue la farmacia en la esquina, el estanco y, más relevante, el restaurante-bar "La gota d´or", aunque quien me interpela no sea aquel hombre maduro con bigote que nunca se dirigió a mí con un distante dígame, señor, que ahora justifica mi imagen reflejada en el espejo. Un café mientras acaricio la vieja madera que bordea la barra. La misma de entonces. Son los detalles quienes resisten a Baudelaire aunque en San Juan Bosco busque sin éxito las huellas del tranvía 69 que nos llevaba a la Facultad, pero la acera sigue pavimentada de los mismos ladrillos decorados con lo que se me antojaban tréboles de cuatro hojas y deben serlo porque, tras cuarenta años, me han otorgado la suerte del regreso y aún tengo un rato para reconstruirme a través de otras pérdidas que de súbito vuelven: la mujer regordeta del estanco o las colillas de celtas cortos ya desaparecidas cual humus entre los tréboles.

Iniciada la reunión profesional, mis notas son estas líneas. Sigo todavía en La gota d´or y en el traqueteo del extinto tranvía, porque el camino desandado no me gustó. Sobre la Diagonal se yerguen las torres de La Caixa que vinieron después, así que eché la vista atrás a modo de despedida. Una vez más, el rojo de Santa Gema y, a lo lejos, un pináculo blanco: tal vez el repetidor de TV. Sobre él se recortaba, visto desde Manuel de Falla, un pino alto y probablemente más joven que yo pero con su tronco algo inclinado. Recuerdo que al verlo enderecé mi espalda y otra vez ahora, al poner el punto y final. Vano intento por volver a los veinte, quizás. Cosas de la nostalgia.

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