Lección de una Premio Nobel

 
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JOSÉ CARLOS LLOP Cuando le dieron el Premio Nobel de Literatura a Herta Müller, un amigo me escribió preguntándome si conocía la obra de la escritora rumano-germana. Pese a tener dos novelas publicadas en España, ambos nos confesamos nuestra mutua ignorancia y yo añadí que había visto unas imágenes suyas en televisión y que lo que había visto en esa cara –todo un compendio de mala leche y amargura– me echaba para atrás. La escritura no suele surgir de la felicidad, pero si te otorga ciertos dones y dádivas que otros no alcanzarán nunca –es decir, que son inimaginables para la inmensa mayoría de escritores y la totalidad de los no escritores, lectores o no–, está feo poner mala cara. Y el rostro de aquella mujer, en ese sentido, impresionaba. No pude oír lo que decía y tal vez la falta de palabras –que configuran la casa de un escritor y neutralizan o refuerzan sus rasgos– contribuyó a esa impresión tan cruda.
Esta semana leí una larga entrevista con Herta Müller donde explicaba la relación entre la utopía y los totalitarismos y narraba la vida cotidiana –sórdida, asfixiante, paranoica y criminal– bajo el comunismo de Ceacescu. Hablaba de la implacable rutina de la ideología, de la ausencia de pensamiento, de la modificación del lenguaje, de las múltiples fronteras físicas y mentales, del miedo, la pobreza y el analfabetismo. Y aplicaba una gran lucidez a las miserias del totalitarismo, recordando a los que aceptaron, entusiasmados, el nazismo y, luego, el estalinismo. "A fin de cuentas –decía, Herta Müller–, ninguna dictadura fracasa por ausencia de personal. Éste abunda siempre, tanto el que compran como el que se ofrece gratis o por convicción. Bien a cambio de privilegios, bien por idiotez o azar".
Convendría leer a personas como Herta Müller cuando entre la algarabía de las corruptelas políticas, aquí y allá, se oye hablar del descrédito del sistema democrático con una ligereza tan frívola como peligrosa. Los aprendices de brujo suelen salir de esos discursos. Las rapaces al acecho, los utilizan en su beneficio. La democracia está llena de defectos y es un mal sistema, pero es el menos malo de todos, vistos los resultados de otros sistemas que asolaron el siglo XX. Como el mundo que describe la Premio Nobel de Literatura de este año en sus novelas y que es el mundo de la ausencia de democracia.
Que la corrupción sea primera página y materia judicial no es, precisamente, más que un triunfo –último, lento y espeso– del Estado de Derecho. Hay fiebre, pero esa fiebre la producen las defensas ante la epidemia de una realidad lastimosa. Han fallado los mecanismos de contención que imposibilitaran la corrupción –y muchos de ellos han fallado porque han sido desarticulados para que fallaran, por los mismos que se han aprovechado de ese fallo–, pero no el último que es, a su vez, esencial en el sistema democrático. Tal vez habría que empezar por el principio. Leí hace poco en un artículo del historiador del mundo clásico Adrian Golsdsworthy –autor de La caída del imperio romano– que cuando "los líderes políticos llegan a concebir la permanencia en el poder como su objetivo primordial en vez del buen gobierno, entonces su país se hará cada vez menos eficiente". Y añadía: "Lo mismo puede decirse de los negocios. Si triunfan el éxito personal y el beneficio inmediato, sin pensar en las consecuencias a largo plazo, entonces las empresas fallarán estrepitosamente cuando la situación se vuelva menos favorable".
¿Les suena? ¿No es eso lo que ha ocurrido en un sentido y en otro, y ahora se pagan las consecuencias? Goldsworthy hablaba en ese artículo de la caída de Roma y también de sus lecciones. Nunca conviene abandonar a los clásicos y en tiempos de crisis, menos aún. Pero aunque la justicia sea más una noble aspiración humana que una realidad objetiva, debemos confiar en ella. La corrupción que se ventila no está siendo ahora sino que ya fue, y cuando fue, o se negaba, o se miraba hacia otro lado. La justicia sólo ha hecho que aflore, como en la famosa frase del Claudio de Robert Graves: "dejemos que los venenos que acechan en el fango, afloren". Pero no con la intención de sembrar el caos –como en el caso de Claudio ante su muerte–, sino de recuperar el orden, que es otro de los oficios de la Justicia: devolver las cosas a su orden natural y favorecer su regeneración. Porque en el caos sólo se agazapa el destino sobre el que tratan las tétricas novelas de Herta Müller. Europa –Europa es la libertad, ha dicho recientemente el presidente del Parlamento polaco– anda demasiado revuelta y la academia sueca, pese a la apariencia primera, ha vuelto a acertar.

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