CARLES FABREGAT (*)
Mientras el doctor Bonnín sostiene mi corazón entre sus dedos calibrándole las hechuras, este motor se convierte en la metáfora misma de aquello para lo cual fue creado: latir sin un por qué. Simplemente latir. Y en tanto lo hace, durante los años en que esté librado a la incesante repetición del sístole/diástole, alguien intentará dotar este hecho de un sentido, tratando de conferir –con ayuda de filósofos y de místicos– un significado a la vida que este movimiento ha de ir alimentando.
Una melancólica procesión de paseantes apoyados en el pasamano, como en un ejercicio ritual de bailarinas ortopédicas, llena los pasillos de Son Dureta en una peculiar acepción del verbo airearse. En medio del tráfico de enfermos, enfermeros, médicos, auxiliares, celadores, parientes y visitantes, esquivando carritos de comida, artilugios para medir la tensión, sillas de ruedas y camas con pacientes en tránsito, la santa compaña de operados del corazón con la misión encomendada de descubrir el máximo de mundo abarcable en un paseo, se miran los unos a los otros sopesándose les fuerzas, mientras piensan que nunca hubieran creído encontrarse en aquella circunstancia, en el peldaño más bajo del escalafón. Incluso en alguna ocasión debieron pisar un hospital con la misma actitud que ese visitante que ahora pasa por su lado seguro de sí mismo, de sus fuerzas y de su resistencia, convencido de que así será hasta el fin de los días.
Los enfermos son el reverso del sueño. La constatación de que existen la aflicción, la decrepitud y la vejez. Los enfermos son la trastienda de la "sociedad del bienestar", los encargados de mostrarnos el truco: a saber, que no seremos jóvenes y bellos eternamente. Representan el espejo de lo que quisiéramos ignorar, la imagen más pura de lo "siniestro". Alguien a quien recluir. Una hermandad universal de damnificados en manos de la providencia médica. El puente con la certeza de la muerte.
Desde esta ventana, Palma es como una ola continua de edificios en cuya cresta van sucediéndose pináculos con todos los colores del blanco. El desequilibrio urbanístico de su ensanche queda contrarrestado en este caso por la franja violácea de la sierra que cruza la isla de norte a sur, hasta formar una pequeña meseta, les tres alturas de la cual –Cura, Randa y Sant Honorat– sirven de marco, desde nuestra perspectiva, a la magnífica, sobria, casi hierática presencia de la Seu. Un poco más allá destaca la iglesia de Santa Eulària, ahora en obras. Pero es la luz, principalmente, la que difumina los defectos arquitectónicos de aquella parte de la ciudad –crecida como una nueva formación de células alrededor del irrepetible centro histórico–, para hermanarla con tantas otras de la cuenca mediterránea, con su bahía enfrente, como un lago repleto de peces de lomo plateado luciendo sus escamas al sol. Es el mismo sol que reverbera sobre la ciudad, portándonos la memoria de lejanos espejismos y de huesos desnudos bajo un horizonte calcinado, en el que resaltan todavía, como un estallido de cal sobre el blanco, las luces intermitentes de la central eléctrica de Ca´s Tresorer, que le confieren una cualidad brumosa, capaz de convencernos de que un poco más allá las patrullas fronterizas persiguen "espaldas mojadas" a través de las llanuras polvorientas de Sonora.
En el interior de estas cuatro paredes, durante las largas horas de niebla translúcida, se oye el tintineo de una campanilla que rasga el silencio de la noche –como un mantra o como una señal de alerta frente a la inminencia de un escollo–, conectada con la pantalla del ordenador, para dar fe de que un puñado de corazones maltrechos pero obstinados no cesan en su empeño por continuar latiendo.
Los auxiliares irrumpen en les habitaciones con ímpetu, fuerza y una determinación que no se debe a la voluntad de sobresaltar a los enfermos, sino a una suerte de conjuro para auto convencerse de que no han sido abducidos por la zona oscura, a pesar de estar en contacto permanente con ella. Se exigen vigor, empuje, ánimo i alegría, con el objetivo de desterrar la melancolía, terminantemente prohibida por decreto. A pesar de todo, nada puede contrarrestar la herida narcisista abierta en cada uno de quienes la confesión de un médico ha situado de pronto frente al abismo: "¿Por qué yo, Señor?".
Mientras Oriol Bonnín y su equipo tienden puentes en el vacío empeñados en realizar lo más perfectamente posible aquello para lo que han sido largamente preparados: preservar latidos componiendo con cada uno de sus sones una particular sinfonía de cadencias, ejércitos al servicio de multinacionales del armamento arrasan países y territorios por pura geoestrategia o por mero mercantilismo. La sangre se desborda por las calles y extrarradios de ciudades convertidas en escombros palpitantes, mientras mi pecho, abierto de par en par, recibe todo lo que pueden juntas tecnología y sabiduría, para practicar canales que habrán de trasvasarme de nuevo la vida, allí donde había ido volviéndola yerma la sequía.
Hay quien la ocupación del cual consiste en mejorar la vida de los demás sin hacerse preguntas (sobre sexo, raza, creencias, situación económica, ideología, estado o filiación), y al tiempo los hay quienes tampoco discriminan a la hora de juzgar las características de sus conciudadanos, cuando de lo que se trata es de aprovecharse lo mejor posible de ellos en beneficio propio. Ingresan en partidos políticos pensando en el color de la tapicería del coche oficial, crean constructoras que edifican colmenas en terrenos recalificados y dividen las ganancias en tres partes: el propio bolsillo, el del político recalificador y las cuentas en B del partido de turno. Los hay quienes no dudan en utilizar los símbolos "sagrados" que representan a todo un pueblo, las infraestructuras sociales más necesarias o, si así conviene, la visita del Papa de Roma, con tal de ver reflejado su propio perfil en el espejo, realzado con un Rólex de pedrería o una camisa de diseño. Mienten, prevarican, escarnecen y escupen sobre sus conciudadanos para poder continuar observando su reflejo de patricio romano embutido en una piel reluciente y hecha a la medida de una presunción sin límites.
Por supuesto, en todo esto no hay nada nuevo, siempre han existido místicos y tiranos, santos y despiadados, héroes y maquinadores. Largas dinastías han sucumbido invariablemente de muerte no natural, y pueblos enteros han sido aniquilados por genocidas, ya sea en nombre de Dios o de la civilización, mientras se alzaban y se derrumbaban imperios por la pura codicia de una sola voluntad anómala.
Pero siempre hemos sido proclives a conceder una cierta grandeza a la iniquidad y a encontrar una épica desesperada en el espanto y la miseria. Ahora, estos rufianes endomingados de los don Vito, el Bigotes i el Albondiguilla –según la secuencia establecida por Santos Juliá en les páginas de El País–, han venido a redimensionarnos la verdadera catadura del reino de la horterada en el que estamos inmersos. Sin exutorio.
Mientras fallecía y volvían a resucitarme, tendido sobre la camilla, como un sacrificio ofrecido a la perseverancia en la voluntad de un mundo donde pueda tener cabida el milagro, no lejos de allí se oía el murmullo apagado de las bestezuelas reptantes ocupadas en lanzar tierra sobre el Palma Arena y otras bicocas. Y sobre nuestras cabezas, helicópteros médicos sobrevuelan continuamente la bahía de Palma, más allá de los pinos que se desbordan por las ventanas transportando en cada viaje enfermos a la espera de ser salvados.
Una vez estuve preparado para empezar a pasear, un convaleciente hermano entre otros convalecientes, percibí de pronto la figura del doctor Bonnín que se acercaba por primera vez después de la operación, y quise memorizar en un rápido repaso todo lo que quería agradecerle. No que él y su gente me hubieran salvado la vida a mí, uno entre tantos, sino que hubiesen sabido mantenerse fieles a su compromiso con el destino que un buen día hubieron adquirido, sin fáciles desvíos, durante años de estudios y de esfuerzos. Porque sí, porque así lo decidieron. Gracias a su fidelidad al deber yo estaba ahora allí, frágil y tembloroso como una hoja al viento. Cuando lo tuve frente a mí y apoyando mi brazo en el suyo, en lugar de palabras me sobrevino de una vaharada todo un sollozo de siglos. Un sollozo desde las entrañas de la especie. Un sollozo por la fragilidad de la existencia, a un tiempo de celebración y de conmiseración por la ruindad de la condición humana. Mirándole a los ojos comprendí que todo lo que le acababa de llorar calladamente él ya lo había escuchado centenares de veces, la mirada serena, casi imperturbable. Después, cada uno siguió su camino.
(*) Director del Centro de Cultura del Ayuntamiento de Eivissa