DANIEL CAPÓ
Hoy viernes, a las nueve de la noche, en el Centre de Cultura de Porto Cristo, se va a celebrar un homenaje a nuestro querido Gabriel Galmés. En el acto, participan Sebastià Alzamora y Pep Lluís Aguiló –que glosarán su obra– y los actores Francesca Vadell y Antoni Lluís Reyes, quienes van a escenificar algunos de los pasajes y escenas más hilarantes de la obra del novelista afincado en Porto Cristo. Que Galmés fue una de las grandes esperanzas de la literatura de las islas es algo que sabemos muy bien quienes tuvimos la fortuna de conocerlo, leer sus libros o seguir sus impagables artículos en Diario de Mallorca. Leerle suponía pagar el peaje del humor y de la ironía, que es tanto como rendirle tributo a la inteligencia. Ahora que empieza a hacer mucho tiempo de todo, también empieza a hacer mucho que nos dejó Gabriel Galmés.
Galmés no llegó a ser profesor mío, aunque mi primer inglés lo aprendí con él. Quería convencerme de que fuese a estudiar a Eton –el colegio más snobbish que existe–, porque me veía vestido con shorts y porque a él –ávido lector de Waugh– le hubiera gustado ir. En un marco cultural nacionalista, Galmés era realmente una rara avis, quizás porque era demasiado inteligente como para creerse cualquier superchería. Admiraba a Pla más que a cualquier otro escritor catalán, vivo o muerto, pero su trasfondo intelectual era anglosajón: Evelyn Waugh, sobre todo, Anthony Powell, Nabokov… Recuerdo que me aconsejaba leer a Yeats o a Eliot, antes que a Lorca o a cualquier otro poeta del 27. Le sorprendía que me gustase Unamuno y le sorprendía aún más que prefiriera la poesía del bilbaíno a sus novelas. Como un día le dije que Cela me aburría, me pasó tres o cuatro obras suyas para que me diera cuenta de mi error. Fue el primero que me habló de la nueva generación de escritores en inglés, hablo de mediados de los ochenta: Amis, Auster, y sobre todo Kennedy O´Toole, que era algo anterior, al que admiraba como a un Dios.
De Joyce me hizo leer Dublineses, pero me prohibió que tocara el Ulises: "Sólo a los tontos, les gusta el Ulises –me dijo–. Yo, como a tu edad era muy tonto, lo leí, pero fue un error." En cambio, quería que leyera todo Stevenson –"también sus poemas, también sus poemas"– y le gustaban mucho Swift y Sterne, del cual me recomendó la traducción de Javier Marías. Una vez hablamos de la muerte, a propósito del clásico de C.S. Lewis Una pena en observación, pero no recuerdo qué me dijo. Sospecho que no era éste un tema que le preocupara o quizás me equivoque. No lo sé.
Releer a Galmés es recuperar una finura y una inteligencia muy poco común en el angosto mundo de las letras mallorquinas. Si cada escritor es una tradición –en el sentido de que el autor crea su propia familia–, Galmés era un oxoniano en Manacor. A él le debo mi amor a Inglaterra y una postura escéptica –no necesariamente cínica– ante los popes del dinero, la política y la cultura. Puestos a pedir un brindis, pidámoslo por Gabriel Galmés.