PEDRO VILLALAR
El Roto hacía ayer decir a un personaje en su viñeta diaria que "hay que pagar bien a los banqueros para que no se vayan a trabajar a otros sectores, de peones o camareros". Con precisión de cirujano, el humorista pone el dedo en la llaga. Porque si los elevados, a veces astronómicos, salarios en otros sectores de actividad emanan del libre funcionamiento del mercado, en el caso de los altos ejecutivos de los bancos el mercado no funciona.
El precio de un futbolista, pongamos por caso, depende con claridad de la ley de la oferta y la demanda. Resultará chocante la cuantía, a menudo irracional, pero la transacción sólo se producirá cuando alguien dispuesto a vender se cruce con alguien dispuesto a comprar. En las cúpulas bancarias, en cambio, la formación del precio de los salarios o los despidos es un misterio. Un misterio que se explica con facilidad si se piensa que, a estos niveles, todos disparan con pólvora del rey. Que es la pólvora de los impositores, obviamente.