Entre Polonio y Falstaff

 
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EDUARDO JORDÀ Sabino Fernández Campo era uno de los pocos personajes públicos de este país que tenía una altura shakespeariana. El noventa por ciento restante –y quizá nos quedemos cortos– no pasan de títeres de cachiporra o de marionetas de un teatro de sombras. Pero este hombre vivió cosas que sólo podemos imaginar en una tragedia de Shakespeare. Siendo muy joven luchó voluntario en una guerra civil, luego fue militar y jurista, y más tarde, ya en su madurez, fue consejero de un rey y asistió a un intento de golpe de Estado protagonizado por viejos camaradas con los que había combatido en el mismo bando. A lo largo de su larga vida vio dos veces cómo se desmoronaba un mundo y nacía otro, y él lo aceptó en las dos ocasiones. Y no sólo eso, sino que colaboró en lo que pudo a que se desmoronase el mundo en el que él había creído, para que surgiera un mundo nuevo –o un nuevo régimen político– en el que quizá no acababa de creer del todo. La primera vez ocurrió con el franquismo, un régimen en el que creyó durante una buena parte de su vida. Y la segunda, cuando la Monarquía se convirtió en algo muy distinto de lo que él preconizaba, cosa que le costó varios disgustos y al final su alejamiento de la casa real. Quien empezó siendo un severo y discreto Polonio, acabó expulsado de la corte como Falstaff en Enrique IV, sólo que él no era jovial ni descarado ni fanfarrón, sino más bien todo lo contrario.
No creo que fuera fácil convivir con él, y cualquier joven príncipe habría preferido mil veces ser instruido en la vida por un Falstaff en vez de un Fernández Campo. Fue inteligente y discreto, y quizá tan riguroso y severo con los demás como lo era consigo mismo. Cuando podía haberse permitido el lujo y la ostentación, prefirió un sobrio estilo de vida que desentonaba con la frivolidad de muchos los que le rodeaban. No sabemos por qué extraño sentido del deber, siempre fue leal y franco. No se calló los reproches que él sabía muy bien que iban a molestar, ni dijo las cosas que él sabía que iban a ser bien recibidas. Y lo más curioso de todo es que prefirió ejercer el difícil arte de hacerse imprescindible al mismo tiempo que pasaba desapercibido. Sabía que su talento consistía en estar siempre detrás, donde no se le veía. Igual que el Polonio de Hamlet, sabía esconderse detrás de las cortinas, sólo que nadie logró encontrarlo.
En cierta forma, el general Fernández Campo fue el equivalente de William Maxwell, el escritor que fue editor de ficción de The New Yorker durante 40 años. Cuando Maxwell recibía un manuscrito de John Cheever o de J.D. Salinger, cogía un rotulador rojo y lo leía con atención. Y luego proponía corregir algunas frases, suprimir un personaje, dar más protagonismo a otro, aligerar los diálogos o cambiar el final. Los escritores casi siempre aceptaban sus sugerencias porque conocían el inmenso talento de Maxwell. Cuando los relatos se publicaban, los elogios eran para Cheever o Salinger, nunca para Maxwell, pero a éste le daba igual. Se conformaba con el trabajo que había hecho.
Lo mismo puede decirse de Sabino Fernández Campo. Entre 1977 y 1993 fue el William Maxwell de la Casa Real. Fueron los años más difíciles, los años en que tuvo que tomar las decisiones más arriesgadas. Siempre en segundo plano, aconsejó, escuchó, tachó, sugirió. Y en la larga noche del 23 de febrero de 1981 tuvo una intuición genial sobre la participación del general Armada en el golpe de Estado. Aquella traición del hombre al que le debía el cargo debió de ser muy difícil para él. El general Armada lo había propuesto como secretario del Rey, y justo aquella noche, el general Armada decía actuar en nombre del Rey. Pero Fernández Campo supo en seguida de qué lado debía ponerse. Sólo por esto se merecería una calle en cada ciudad de España. Y me apuesto lo que quieran a que tendrá muy pocas.

Y hay otra cosa todavía más importante en la figura de este hombre que acaba de morir. Fernández Campo representaba la importancia de los funcionarios que hacen su trabajo con un respeto escrupuloso hacia la ley, sin dejarse engañar –ni mucho menos sobornar– por los políticos o los sinvergüenzas (con frecuencia aunados en una misma persona). Que hoy en día sea muy difícil encontrar equivalentes de Sabino Fernández Campo en nuestra Administración Pública demuestra hasta dónde han llegando las cosas en estos tiempos en que Belén Esteban ha sustituido a Shakespeare.

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