CAMILO JOSÉ CELA CONDE
Monseñor José Sánchez, obispo de Sigüenza-Guadalajara, ha dedicado su carta pastoral del domingo próximo a la fiesta de Todos los Santos, cosa que en principio no debería extrañar a nadie. Se trata de santos de la iglesia a la que pertenece el señor obispo y, por añadidura, de todos ellos, así que recordar su santidad aprovechando que se le concede un día festivo entra en lo que cabría decir que son los deberes profesionales de cualquier prelado.
Pero monseñor Sánchez ha tirado por elevación contra el carácter festivo que, como en tantas otras ocasiones, deforma la celebración católica para instalarse en los gozos laicos. E incluso paganos, por usar los mismos términos que utiliza el señor obispo. Sucede que, de un tiempo a esta parte, la noche anterior al 1º de noviembre tiene mucho más que ver con los fantasmas, demonios y brujas que con cualquier devoción. Se trata de Halloween, la fiesta por antonomasia de íncubos y poderes ocultos. La moda que llega de los Estados Unidos –como cualquier moda, por otra parte– ha impuesto ya una víspera del primer día de noviembre en la que niños y adolescentes se disfrazan de embajadores del mal. Proliferan las tiendas que se dedican a vender máscaras y trajes relacionados con esa pasión por lo terrorífico, aunque sólo haya una noche en todo el año para lucirlos. La oferta va mucho más allá de las brujerías y los adornos superan en gran medida las calabazas vacías con una cara tallada y velas que las iluminan desde dentro. He visto en los escaparates trajes de momia y de vampiro; máscaras de freddies asesinos y espectros de no sé qué película de éxito; arañas y ciempiés gigantescos, ratas y, claro es, calaveras sonrientes. El pánico cuenta con sus iconos clásicos y ninguno de ellos se les escapa a los comerciantes avispados. Que no se diga que la crisis lastra la vertiente creadora de las referencias de ultratumba.
Pues bien, a monseñor Sánchez esa celebración de Halloween le parece impropia e impía. Corresponde, según cuenta a sus feligreses, a un rito celta llevado a los Estados Unidos por emigrantes irlandeses e importado de vuelta hasta aquí gracias al cine y la televisión. Pero, ¡ay!, la condición de ritual antiguo es un débil argumento para defender las alternativas más pías de una fe religiosa plagada hasta la saciedad de tradiciones que también nos llegan desde épocas remotas, paganas por necesidad.
Aunque hayan sido recicladas por la tradición judía primero, y cristiana más tarde, muchas de las festividades religiosas digamos ortodoxas que existen en el reino de España proceden de ritos y ceremonias griegas, fenicias, romanas o egipcias, si no hay que irse más lejos aún, al tiempo aquél de la invención de la agricultura, en busca de antecedentes que servían de recuerdo para los cambios de estación o las fechas de interés de cara a las tareas campesinas. El Halloween celta no es más censurable que la Navidad que aplaude la llegada del invierno. Es una costumbre festiva bastante equivalente contra la que, por otra parte, sirve de poco luchar.