PEDRO VILLALAR
El sorprendente triunfo del Alcorcón, de segunda división "B", sobre el Real Madrid –que este año ha invertido cerca de 300 millones de euros en la contratación de varias estrellas futbolísticas–, un acontecimiento insólito que ha tenido relevancia mundial, otorga al deporte en general y al fútbol en particular una grandeza insólita. Porque queda de manifiesto que, en esta lúdica actividad humana, el dinero no lo puede todo. Felizmente, y en un país en que la avaricia ha arrasado la honradez de demasiada gente, se ha visto con hechos que la ilusión, la entrega, el esfuerzo y el azar son capaces de conseguir cualquier cosa. Esta evidencia, junto al arraigo de un confuso sentimiento de pertenencia, explica el tirón del fútbol en las sociedades europeas (y de otros deportes parecidos en las demás). En un sistema en que lo natural es que el pez grande se coma al chico, con independencia de todos los elementos subjetivos, la contemplación de cómo un equipo modesto y sin pretensiones es capaz de arrollar al equipo más caro del mundo otorga a los ciudadanos de a pie ciertas esperanzas relacionadas con su propia vida: también ellos, con esfuerzo, dedicación y suerte, podrán lograr sus sueños.