EVA ACOSTA
¿De verdad sale tan rentable el cambio horario estacional? No sé si la industria notará el ahorro que predican las autoridades, pero a escala doméstica el horario de invierno sólo se traduce en que tenemos que encender la lámpara una hora antes por la tarde..., lo mismo que antes hacíamos por las mañanas. Además, para muchos la receta no funciona por razones serias aunque difícilmente cuantificables; y es que el día se empequeñece. Imagino que en otras latitudes menos soleadas la diferencia será mínima, pero por aquí la cosa cambia. Ese recorte de luz, justo en la franja más "libre" de la jornada, imprime carácter, influye en el estado de ánimo y vuelve mortecina la actividad diaria. En resumen, que no entiendo, e incluso me fastidia, el que tengamos que dar estos pasitos de yenka, adelante y atrás, dos veces al año.
Todo ello viene a que, para tranquilizar mi conciencia, he decidido achacar al nuevo horario el estupor que sentí ayer. El caso es que fui de escaparates y me quedé de piedra al ver el calzado femenino de temporada. Si he de ser justa, no todos los zapatos responden al mismo patrón: aún queda espacio para las que caminamos posando en el suelo toda la planta del pie, como nuestras antepasadas... Claro que, de seguir la tendencia vista en las zapaterías, tenemos los días contados. Por si alguien vive en el páramo y no se ha fijado, se trata sencillamente de que los diseñadores de calzado están empeñados en que la mujer se vuelva digitígrada. Aclararé que esta palabra fue uno de mis primeros descubrimientos del llamado lenguaje científico. Soy parcial de los gatos, animales encantadores de armoniosos movimientos; pues bien, no se me ocurrió que la base de su gracia felina estaba en que caminaban de puntillas sobre los dedos hasta que con doce años supe que eran "digitígrados". Para esa gracilidad, de todos modos, ayuda mucho contar con cuatro patas.
Me temo que mi pasmo ante el calzado de temporada será secuela del cambio horario. ¿Por qué, si no, han de sorprenderme esas plataformas de drag queen en fiesta grande, esos taconazos de veinte centímetros? Seguro que la semana pasada ya se exhibían en los escaparates... Pero entonces regía el horario de verano y el mundo estaba bien hecho. Hoy, en cambio, crece mi sospecha de que la condición femenina no para de dar pasos atrás, aunque sea en detalles aparentemente nimios. A la mujer digitígrada, que se perjudica los pies y la espalda encaramándose en esos zancos, le han vendido que así resulta elegante; pronto no dudará en ponerse corsé. Y, a la menguante luz de la tarde, ayer me dije que esos mensajes absurdos calan en las generaciones jóvenes; las mismas que no dudan en meterse en un quirófano o dejar de comer con tal de dar la talla ante el tribunal inexorable de la arbitrariedad social.