ANTONIO PIZÁ
El farde de las mansiones del carrer de Sant Feliu no es cosa de ahora, sino que ya causaban admiración hace más de cuatrocientos años, y no sólo a las gentes sencillas del pueblo sino al mismísimo emperador Carlos I de España y V de Alemania, para entendernos, el Obama de su época. El soberano desembarcó en Palma camino de la conquista de Argel, en eso que hoy diríamos escala técnica, pero de cinco días de duración, por supuesto con su enorme comitiva. A caballo se detuvo ante La Lonja preguntando si se trataba de alguna iglesia, y prosiguió entre ovaciones de la multitud por la calle de San Juan y de ahí a la de Montenegro hasta la de Sant Feliu donde quedó maravillado al ver las fachadas todas ornamentadas. Sorprendido el monarca exclamó: "¡O que buenas calles y paredes como parecen bien! ¿Son tan buenas dentro como fuera?". A lo que se le contestó que "aún mejor".
Corría el mes de octubre de 1.541. En otro mes de octubre, pero de 2009, o sea 468 años después, esos palacetes de ornamentado frontispicio y señorial empaque siguen causando admiración de propios y extraños. Y concretamente por lo que a una respecta, la del ex molt honorable Jaume Matas y señora, ha vuelto a provocar la misma pregunta de "¿Es tan buena dentro como fuera?". Sólo que en esta ocasión el que preguntaba no es Carlos V sino el juez Jesús Castro. Y como atestiguadores de que "aún mejor", han sido guardias civiles y fiscales anti corrupción. Hombre, una mansión que despierta admiración debe ser, no sé, sumamente gratificante para el ego de quienes se hacen su casa más para enseñarla que para vivirla. Despertar envidias puede proporcionar goces más intensos aún. Pero si lo que despiertas son suspicacias, ojo al cristo que es de plata, como quien dice. Obviamente, si has estado en la pomada del poder político, y en consecuencia administrando y gestionando los caudales públicos, la suspicacia es prácticamente inherente, que ya decía el profesor Tierno Galván, que "los bolsillos de un político tendrían que ser de cristal".
Eso de "la casa de sueños" suena a concurso de la tele o a reclamo publicitario de inmobiliaria, sin imaginación por cierto. En todo caso poquísimos afortunados la consiguen y menos aún si "sueño" consiste en una mansión todo nobleza, antigüedad, carácter, empaque, ornamentación y privilegiadísimo emplazamiento, y finalmente restaurada a fondo y equipada y decorada como quien dice sin reparar en gastos. Añadamos a todo ello el que con los metros cuadrados de su superficie, se podrían diseñar cuatro o cinco viviendas familiares holgadamente. Bueno pues don Jaume sí que lo consiguió –ya se sabrá cómo, que esa es otra– para sorprendentemente y contra toda lógica mudarse, prácticamente a continuación, nada menos que de continente.
Hay como un toque de mossó y/o estufers en todo eso. A mayor abundancia, las casas señoriales tienen de raro particular que si sus moradores no están a la altura, aunque sean los dueños, semejan okupas. Puede que no sea ese el caso, pero la impresión es que Matas se estaba haciendo el palacio amurallado de quien se veía como sátrapa poco menos que vitalicio de las Islas, en ningún caso la casa de un perdedor.
Los palacios, de mayor o menor envergadura, dejan en cierto modo de carecer de sentido cuando se te acaban de caer encima los palos del sombrajo. Y de ahí su precipitado tomar las de Villadiego, cerrando su casa y dejando a sus correligionarios el muerto. Lo del muerto no lo digo yo, que lo dijo Rosa. Eso, y un reguero de imputados de diverso grado y condición, y algunas realizaciones que suenan a juzgado de guardia. Si encima de ello, y correlativamente, resulta que su incremento patrimonial y tren de vida huelen a más que chamusquina, todo parece presagiar que "el fugitivo" comienza a tenerlo crudo.
Los bolsillos de Jaume Matas en vez de cristal eran de riñonera de plástico. A tenor de los indicios.