ANTONIO PAPELL
Consumada la caída de Ricardo Costa, Rajoy optó el jueves por conceder una solemne rueda de prensa en Génova, algo que no hacía desde el pasado mes de abril, para tratar de explotar el "éxito", pero el intento resultó fallido y, lejos de iluminar a la opinión pública en general y a sus votantes en particular sobre la confusión creada en torno a la crisis levantina, puso de manifiesto que él mismo vive en una burbuja de irrealidad al respecto, lo que puede hacer imposible que consiga encarrilar el desaguisado.
No hay peor cosa en política que negar la evidencia porque el potente sentido común de la ciudadanía se percata enseguida de ello, lo que acarrea una pérdida del prestigio y de la credibilidad de quien así actúa. Pues bien: a pesar del elocuente testimonio de la prensa del día, que relataba con estupor lo sucedido, Rajoy trató hoy de convencer al auditorio de que la "dimisión" de Costa había sido absolutamente ortodoxa, y a petición del interesado. Además, Camps no le habría engañado al comunicarle una destitución que en realidad no se había producido en la institución adecuada (el comité ejecutivo), por lo que mantiene en él toda su confianza. Parece olvidar Rajoy que las radios y televisiones siguieron prácticamente en directo el esperpéntico proceso de la víspera en Valencia.
La explicación del porqué de la defenestración de Ricardo Costa coincidió sustancialmente con la que la víspera había dado Cospedal para justificarla: las "malas compañías". A un secretario general –dijo Rajoy– hay que pedirle un "plus de exigencia" porque su responsabilidad es mayor que la de un militante de base. Pese a ello, defendió la honradez del personaje. Pero más adelante añadió que no va a consentir "conductas que puedan avergonzar a ningún votante de nuestro partido". Las preguntas se agolpan: ¿por qué el "plus de exigencia" se le reclama a Costa y no al presidente del partido en la región? ¿Qué malas compañías frecuentó Costa que no fueran también las habituales de Camps? ¿En qué se diferencian las conductas impropias del ya ex secretario general de las que ha mantenido el presidente de la Generalitat valenciana?
A continuación, Rajoy negó a los periodistas con afectada rotundidad la existencia de una trama interna en el PP. La trama sería externa y estaría arropada por una especie de conspiración universal en la que participarían el gobierno, los jueces y los fiscales. Parece ocioso decir que lo que tiene Rajoy dentro del partido es un conjunto más o menos organizado de avariciosos y amorales militantes que en un cierto momento, y con el pretexto de financiar al partido, se dedicaron a enriquecerse sin escrúpulos con la complicidad de una banda de delincuentes dedicada con descaro al tráfico de influencias. En Valencia, pero también, al menos, en Madrid, en Galicia, en Castilla-León… Ese tumor no es el partido pero está dentro del partido, y la enfermedad puede ser mortal sin una rápida y decidida cirugía. Esperanza Aguirre ha controlado con puntualidad y firmeza la metástasis madrileña del asunto. Pero si Rajoy cree, o quiere creer, que prescindiendo del joven Costa ha zanjado el problema valenciano, está muy equivocado.