MATÍAS VALLÉS
Zapatero no se levantó al paso de la bandera estadounidense en el desfile del 12 de octubre de 2003, y Obama se ha resistido con denuedo a colocarse una insignia con la misma enseña en la solapa del traje. La derecha reaccionaria niega que Obama naciera en el suelo de los Estados Unidos –vino al mundo en Honolulú– que aspiraría a destruir, mientras a Zapatero se le culpa de la disgregación de España y de no encarnar los valores patrióticos. Zapatero es intrínsecamente antinorteamericano, y a Obama se le acusa del mismo crimen. Internet propaga la insidia del Obama criptomusulmán, y tampoco el primer ministro socialista practica la fe dominante en su país. El nombre en clave del servicio secreto para Obama es Renegade, y Zapatero se abrazaría al estigma de renegado.
Los portaaviones derechistas del Financial Times y el Wall Street Journal exigen a Obama que devuelva su inmerecido Nobel de la Paz, aunque liberan a Kissinger de la restitución de la medalla. Simultáneamente, los asistentes a la última edición del desfile militar de antes –afortunadamente desarmados, porque hay americanos que acuden con rifle a los mitines de Obama– exigen de Zapatero que renuncie a dignidades más elocuentes y abandone la presidencia del Gobierno. La coincidencia en el baloncesto y en la fecha de nacimiento han sido explotadas sobradamente, pero también les une la pasión por dialogar hasta la extenuación. Obama anunciará cualquier día que entabla conversaciones con el virus de la gripe A o con el cambio climático, Zapatero sentó a una mesa a ETA.
Obama y Zapatero acaban de descubrir el extranjero, y esa feliz coincidencia ha enmarcado su almuerzo en Washington. Allí habrán rememorado sus respectivas luchas en pro de la igualdad de razas y de sexos. Son dos radicales que distinguen entre Afganistán –una supuesta guerra necesaria– e Irak –guerra opcional–. La corriente de afecto mutuo demuestra que los desplantes del líder socialista hirieron al anterior presidente norteamericano con más énfasis del previsible. Zapatero actuó con Bush como le gustaría hacerlo a Obama, frenado por el respeto institucional a un predecesor. La acumulación de paralelismos permitirá que Obama y Zapatero compartan el año que viene el Nobel de Química, a tenor de la excelente química entre ambos.
Bush mantuvo una relación privilegiada con Blair –gracias a la cual el primer ministro inglés puede ver bloqueada su candidatura a presidir la Unión Europea– y desdeñó a Zapatero. En cambio, Obama ningunea a su correligionario Gordon Brown por la liberación del terrorista de Lockerbie, y se abraza a Zapatero. El mayor hito internacional del líder socialista ha tenido un consumo exclusivamente nacional. Su interlocutor en la Casa Blanca le citó en dos debates preelectorales contra John McCain, un honor fuera del alcance de otros gobernantes europeos. Obama también ha felicitado a España por sus avances en energía eólica, aunque sean inferiores a los progresos en fútbol.
Con todo, sería disparatado augurar una relación privilegiada de Zapatero con Obama, similar a la que persigue Sarkozy infructuosamente. En un mundo de norteamericanos aficionados, se ha malinterpretado al presidente norteamericano como un ejemplo de afabilidad. Al contrario, es taciturno, reservado y distante, en las antípodas calurosas de Clinton o Bush. A propósito, el Nobel de la Paz preventiva agravia inmediatamente a Clinton, que se ve postergado tras derramar su semilla medioambiental y pacificadora por el planeta. Debería servirle de consuelo que se trate del mismo galardón otorgado póstumamente a Lady Di. Esta circunstancia avala tardíamente a McCain, cuando equiparaba a Obama con Paris Hilton.
Habría que hablar en propiedad del premio Novel a Obama, con la grafía indicada en tanto que precede a sus méritos en la asignatura en cuestión. Su encuentro con Zapatero se ensombreció con la lacra del desconocimiento del idioma, que obliga a la mediación continua de un intérprete. Es indignante que, a estas alturas de la democracia, el mandatario estadounidense no hable castellano. Tras la cumbre de Washington, el presidente español de Asuntos Exteriores emprendió el camino de Damasco, a falta de saber si una caída en esa senda propiciará su conversión, como le ocurrió a San Pablo.