Tribuna

Venganza, justicia y fe

 
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RUBÉN RIAL (*) No hay cifras sobre la cantidad de mujeres que han contraído en alguna enfermedad venérea o se han infectado con el virus para la inmunodeficiencia humana por tener relaciones con sus pecadores maridos. Un varón con pocos escrúpulos contrata los servicios de una profesional sin tomar las precauciones debidas y se contagia. Luego, cumpliendo con los deberes conyugales, contagia a su esposa. Y la pobre mujer, sin sospecharlo, paga los pecados de su infiel marido.
Claro que las cosas pueden ir del revés, porque una mujer puede ser tan promiscua como un varón, puede aficionarse al sexo con profesionales o aficionados y también puede transmitir a su santo marido muchas enfermedades, incluyendo el SIDA. Pero, la verdad es que, sólo con mirar las páginas de anuncios en la prensa, se comprende que las probabilidades del contagio en la dirección esposa-a-marido, son mucho menores que las de marido-a-esposa y que debe haber muchos más casos de lo último. La vida es injusta, algo particularmente cierto para la condición femenina.
Pero, aunque todavía no es más que una posibilidad, cabe que desde hace mucho, la mujer haya estado aplicando su venganza. Acaba de publicarse que el cáncer de próstata, que aparece en uno de cada seis varones y que es el segundo tipo de cáncer como causa de muerte en los EEUU, probablemente sea una enfermedad infecciosa transmitida por vía sexual. Se ha encontrado un retrovirus, el XMRV, en el semen de una gran proporción de enfermos de cáncer de próstata, un virus que también se encuentra en las células prostáticas malignas de estos mismos enfermos. Además, se ha comprobado que otro componente del semen, la fosfatasa ácida, aumenta cien veces la capacidad del XMRV para infectar las células prostáticas. Queda por saber si realmente el virus es la causa determinante, pero ya tiene muchas papeletas para ser el responsable de una enfermedad infecciosa de transmisión sexual.
En efecto, es posible que cuando una mujer reciba una eyaculación de un varón portador, esté recibiendo también una carga de partículas víricas con capacidad infectiva multiplicada hacia las células prostáticas. Como la mujer no tiene próstata, no está en peligro. Pero si poco después tiene relaciones con otro varón, quizás su marido, le está haciendo un regalo envenenado, porque le puede estar dando la posibilidad de que acabe con un agresivo cáncer. Es decir, que las consecuencias de los pecados del marido pueden quedar equilibradas con las consecuencias de tener una esposa ligera de cascos.

Por una parte, los resultados son interesantes por si mismos. Estimularán los estudios epidemiológicos y la búsqueda de vacunas específicas para el cáncer de próstata. Además, también darán impulso a la investigación general sobre las formas de interferir con la duplicación de los virus y el desarrollo de terapias antivíricas.
Pero también puede considerarse una venganza: no siempre las mujeres tenían que ser las que se lleven la peor parte. Casi diría que una venganza justa, si no fuera porque no lo es del todo. Porque ni las esposas contagiadas de SIDA por sus maridos serán las culpables de contagiarlos a ellos con el cáncer de próstata, ni los maridos con cáncer de próstata fueron los que contagiaron a sus esposas con el SIDA. Pero dentro del colectivo, unas esposas vengan a las otras.

No se me va de la cabeza es aquella frase de que la venganza es un plato que sabe mejor cuando está frío. Quizás haya alguna mujer que, al leer estas líneas se esté sintiendo reconfortada.
Pero también es posible que esta noticia haya alegrado el día a alguno de esos que creen que el SIDA y las enfermedades venéreas son un justo castigo al pecado, que tengo entendido que hay gente que así lo cree. Los pecadores no sólo deben pagar en la otra vida. Es justo que lo paguen ya, en este mismo mundo. Quizás esa gente tenga miedo que, si su hipótesis del pago aplazado fuera falsa, quienes lo pasaron tan bien, se quedarían sin castigo. Por eso –piensan ellos– es mucho mejor que paguen ahora. Al contado.
De otra forma, sería una pena: toda la vida resistiendo tentaciones… y al final, para nada.
Pero bien pensado: ¿no esto una falta de fe?

(*) Catedrático de Fisiología
de la UIB

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