MANUEL MOLINA DOMÍNGUEZ (*)
Cuando resuenan los ecos del manifiesto firmado por conocidos cineastas (alguno de ellos españoles, como Almodóvar y Trueba) supuestamente progresistas –aunque con un mensaje en este caso bastante retrógrado– contra la detención de Roman Polanski, se echa de menos alguna voz alzada desde la Administración del Estado (¿ministerio de Igualdad? ¿Instituto de la Mujer? ¿Oficina contra la Violencia de Género?) pronunciándose a favor de esa detención y de su puesta a disposición judicial. Sobre todo porque Polanski ha sido detenido como autor de la violación de una niña de trece años. Y defender su puesta en libertad e implícita inmunidad –como hacen los cineastas firmantes– por ser Polanski un director de cine de prestigio (en realidad bastante irregular, en mi opinión: excelente en El baile de los vampiros o La semilla del diablo, y más bien mediocre en Frenético o Piratas) y "por haber sido detenido en el ámbito de un festival de cine" (¡¿acogido a "sagrado"?!), constituye desde un punto de vista jurídico una auténtica aberración. Porque ¿eso qué significa? ¿Que si se tratara –por ejemplo– de un fontanero desconocido su detención estaría justificada sin más, pero que al tratarse de un "artista famoso" aquella es inadmisible? Pues miren ustedes, señores cineastas: ni aunque Michelangelo Buonarroti bajara de los cielos y se instalara entre nosotros para seguir admirándonos con su prolífico ingenio, podría hacerse excepción alguna con él. Vamos, que ese manifiesto de la intelligentsia del séptimo arte me parece un abuso y me importa, más o menos, aquello de donde salió Calimero (con perdón).
Otra cuestión muy distinta es el largo tiempo transcurrido desde el delito. Porque no tengo inconveniente en reconocer que si la víctima fuera una persona cercana a mí, le desearía lo peor a su violador; y, cercana o no, como mínimo me gustaría que el delincuente fuera juzgado y condenado con la máxima dureza que permita la ley. Pero hay que tener en cuenta que el objetivo de las penas impuestas por la comisión de un delito tiene en la práctica una doble vertiente: por un lado la de proteger a la sociedad frente al delincuente, y por otro la de conseguir la reinserción de éste.
Y es llegados a este punto cuando cabe preguntarse si más de treinta años después de tales hechos es Polanski la misma persona que cometió aquel delito, y si la imposición de la pena tendrá el efecto deseado. Es decir, si su evolución personal, todo lo que ha vivido desde entonces, habrán hecho que aquel individuo que en los años setenta tan poco valor dio a la dignidad, la integridad y la libertad sexual de esa chica, comportándose de un modo repugnante con ella, haya cambiado tanto que nada tenga que ver ya con la persona que es hoy. ¿Necesita todavía la sociedad protegerse de él más de seis lustros después? ¿Tiene ahora Polanski –cumplidos los setenta y seis años de edad– que ser "reinsertado"? Sinceramente, no lo sé. Aunque es indudable que en el otro lado está la víctima. Y es ella quien más derecho tiene a ser oída. Porque fue quien sufrió la agresión y, por tanto, quien podía –y puede– exigir que se haga justicia.
En cualquier caso, hay algo en todo este asunto a lo que en mi opinión no se le está dando la debida importancia. Y es al hecho de que un personaje público y famoso como Polanski se haya podido pasear durante estos últimos treinta y dos años por casi todo el mundo, festivales de cine incluidos (aunque haya tenido cuidado de no pisar suelo estadounidense), sin que nadie le molestara. Y que ahora, más de tres décadas después, haya sido detenido. ¿Por qué ahora? Es decir, si de verdad había interés en que respondiera ante la Justicia de ese país ¿por qué no se le detuvo antes? ¿Cómo es posible que una nación con el poderío de los USA –con su inmensa influencia diplomática, "agencias" de todo tipo, no poca relevancia en la Interpol, y demás resortes– no haya podido conseguir su detención hasta la actualidad? Ni que Polanski se hubiera pasado todo ese tiempo brincando entre peñascos y escondiéndose de cueva en cueva, como un Bin Laden cualesquiera. Algún experto me podrá rebatir lo anterior, alegando que el retraso tiene justificación: ausencia de tratados de extradición con determinados países, etc., etc. Pero aún así, a bote pronto, ¿no les resulta un poco extraño?
Lo que está claro es que en este caso vuelve a hacerse buena la máxima de nuestro cuasi compatriota Séneca: "Nada se parece tanto a la injusticia como la justicia tardía". Porque en esta ocasión –como en demasiadas– esa justicia llegará demasiado tarde para la víctima, para la sociedad en su conjunto, y para el propio delincuente.