ANTONIO TARABINI
No se preocupen, tampoco hoy voy a insistir en el vodevil que envuelve al Consell de Mallorca. Ni tampoco voy a referirme al espectáculo asqueroso y pornográfico ofrecido (entre otros) por el inefable aprendiz de mafioso Francisco Correa ("¡Llámenme don Vito!"), y/o por el apolíneo y viscoso Ricardo Costa ("¡Llámenme Ric!"). Voy a referirme a un asunto que afecta de manera directa al quehacer cotidiano y futuro de los ciudadanos, individuos y familias.
Hace unos días la ONU ha publicado el último informe sobre el Índice de Desarrollo Humano (IDH) que pretende evaluar el bienestar, la calidad de vida, de los diferentes países considerando su PIB, sus niveles de renta, esperanza de vida, alfabetización, acceso a la educación… Según tal informe España ocupa un muy respetable número 15 en el ranking mundial, y en consecuencia con buena y saludable calidad de vida. Pero, ¿por qué siempre habrá un "pero"?, tal informe corresponde al año 2007, cuando la crisis sólo se insinuaba. Los interrogantes surgen. Ahora en plena crisis, 2009, ¿los españolitos, en concreto los ciudadanos de nuestra comunidad, gozamos de calidad de vida? Más aún, ¿no podría ocurrir que ya en 2007 vivíamos una calidad de vida ficticia, y de que aquellos polvos estos lodos?
Sin duda el PIB, la riqueza existente en una comunidad, es importante para garantizar un determinado nivel de bienestar. Pero, también deben considerarse otros factores. Hace pocas fechas, el premio Nobel de Economía Joseph E. Stiglitz, con casi un centenar de expertos, hacen público un documento sobre indicadores para medir el progreso social. Afirman que siendo importante el PIB (sin riqueza no es posible el bienestar), hay otros indicadores relevantes. En primer lugar la distribución del PIB, de las rentas, entre los ciudadanos. En segundo lugar, si se produce la posibilidad real de acceso en igualdad de condiciones a bienes y servicios, independientemente de sexo, origen, etnia, estatus social, religión… En tercer lugar, si se garantizan unos niveles básicos de cohesión social que no tiendan a "crear" personas y grupos condenados a la exclusión social. En cuarto lugar, si además del acceso a rentas se consideran otros indicadores tales como calidad del empleo (lo contrario de paro y temporalidad), o el capital humano (lo contrario de abandono escolar). En quinto lugar, si su actividad económica, además de ser competitiva en los mercados, considera ítems tales como su sostenibilidad no sólo a corto, sino también a medio/largo plazo. En sexto lugar, qué valores cívicos son los dominantes en las relaciones entre ciudadanos sea a nivel individual o grupal. Podríamos seguir.
Nuestra comunidad, después de años de liderar el PIB español, comienza a descender escalones en el ranking. Lo que, sin duda, es preocupante. Pero, hay más. Muy posiblemente, la crisis financiera mundial ha puesto al descubierto otras crisis latentes. Nuestro sistema productivo, se ha basado en gran parte en una economía especulativa, escasamente sostenido y sostenible, y basada en mano de obra sin cualificar. Tal "modelo" convivía (¿sigue conviviendo?) con una profunda crisis de valores. El máximo valor era la riqueza rápida, sin ningún escrúpulo hacia los demás… Si se podía conseguir trabajo fácil, ¿para qué estudiar? Casi un 30% de nuestros jóvenes entre 17 y 25 años ni estudia, ni trabajan de modo estable. Más aún, se ha puesto de manifiesto una sociedad escasamente cohesionada con colectivos (personas y familias) que hasta casi anteayer se consideraban "reyes del mambo" (incluidas clases medias) que hoy experimentan riesgos graves de exclusión socioeconómica. Desde una perspectiva más amplia, un déficit de liderazgo político, económico y social, que sea capaz de trasmitir un proyecto económico y de convivencia. Sin olvidar la corrupción imperante, que no colabora precisamente a crear confianza hacia nuestras instituciones democráticas.
Existe un libro titulado ¿Tenim qualitat de vida? Aproximació a la estructura social de les Balears, editado por la Fundació Gadeso, que profundiza precisamente sobre los indicadores negativos y positivos de nuestra situación. Parece que nuestra calidad de vida ha podido entrar en crisis. Pero, con frecuencia, una crisis puede ser una oportunidad. Los mimbres existen. Pero que nadie espere soluciones externas, o un simple regreso a la situación anterior.