ALEJANDRO MAÑES
A mi me pasa, todavía hoy, lo mismo que a Muñoz Molina –uno de los pocos autores que expresó por escrito su opinión– cuando la polémica ocasionada con motivo de la bóveda de Miquel Barceló, en el edificio de las Naciones Unidas, en Ginebra. Tampoco soy capaz de decidir cuáles son las principales obras del artista, ni si la calidad de la bóveda es inferior o no a la de sus acuarelas iniciales o a los lienzos inspirados en las tierras de Malí. Sin embargo he de reconocer que su capilla de Sant Pere en la catedral de Palma de Mallorca, entre otras obras recientes de pública exposición, sí despertó en mi, primero sorpresa, luego admiración, y, cuando la visité, una emoción especial, análoga a la que algunos sienten al contemplar la obra inacabada de los lampadarios de Antoni Gaudí, situados en la misma catedral, que también fueron cuestionados en su época.
Pasadas las horas de la polémica nos llega, un año más tarde, el tiempo para su valoración. La obra de Barceló en Ginebra, no creo nunca pretendiera ser la Capilla Sixtina de la modernidad –como se le criticó– ni menos aún tratar de emular lo que la cueva de Altamira ha supuesto para el arte rupestre en el Paleolítico –como también se dijo– pero el hecho de que algunos llegaran a compararlo, le favorece. En cualquier caso fueron otros los propósitos y distintos los tiempos. El paso de éstos, precisamente, permitirá, mejor si cabe a las generaciones futuras, apreciar sobre la belleza de su concepción y su capacidad explicativa. Desconozco cuál fue finalmente el coste total de la obra realizada, pero sí considero que otros proyectos llevados a cabo, carentes de la entidad de éste, lo superan con creces y entiendo que aquellas realizaciones que unen a la calidad artística de sus autores el compromiso de solidaridad entre los ciudadanos, son las que deben apoyarse con fondos gubernamentales. En cualquier caso, cuánto más habría que decir de los fondos públicos utilizados en campañas de imagen propias o de desprestigio ajeno, proyectos vinculados a iniciativas privadas que en nada cuentan con el apoyo de los ciudadanos e incluso de aquellos otros que van contra la opinión generalizada de los mismos.
Utilizar el argumento de su coste para criticar el proyecto no merece ni la defensa de que los fondos utilizados fueron obtenidos, casi en su totalidad, a través de una fundación privada. Atacar la idea por el pequeño porcentaje que procedía de los fondos de ayuda al desarrollo –cosa que lamento se produjera– fue postura políticamente interesada, que al poco, como se ha visto, decayó. En definitiva, por todo lo anterior, y llegados a este punto, sea bienvenida la bóveda de Barceló, por la calidad del artista y el motivo de la obra, el entendimiento humano, e igualmente la oportunidad de su instalación en la sala de las Naciones Unidas que reivindica los derechos del hombre.