JOSÉ E. IGLESIAS
El director espiritual de la parroquia de Son Oliva se reunió con los padres de las presuntas víctimas del otrora delfín de Jaume Matas y Catalina Cirer, Javier Rodrigo de Santos. Les leyó la palabra de Dios y les recomendó que no denunciaran el caso, según algunos testigos. Les dijo algo así como que la providencia divina debía prevalecer sobre la justicia del hombre, que en este caso se concreta en el Código Penal. Como la máxima del fútbol, que es credo mayoritario, al menos en el siglo XX: lo que sucede en el campo se queda en el campo. Y aquí, para los supervisores de la fe neocatecumenal en cuyo escenario se suceden los hechos del juicio al ex teniente de alcalde de Palma, el campo son las vidas propias y ajenas, privadas y públicas, y dios el único árbitro de cuyos designios ellos se elevan en intérpretes, se juzgue lo que se juzgue, incluso un infierno en la tierra. El sacerdote declaró ante el juez con la biblia en la mano. ¡Justicia divina, cuántos abusos se cometen en su nombre! ¡Cuánto ha callado y sigue callando la Iglesia¡ ¿Hasta cuándo? El juicio ha quedado visto para sentencia, la sentencia de los mortales, que puede coincidir o no con la del presbítero. ¿Se paró a pensar que para los afectados, los menores y sus padres, no habría peor infierno que el que ya sufrieron si los hechos relatados por la acusaciones fueran veraces? ¿Se paró a pensar el sacerdote que si el ex concejal fuera declarado culpable podría haber incurrido en delito? Pero bueno, esto ya pertenece a lo pedestre, a lo terrenal y apenas debe de tener importancia en el mundo del espíritu.
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