PEDRO VILLALAR
Herta Müller, escritora rumana afincada en Alemania, es una narradora de discreto éxito y de apreciables méritos que sin embargo se encuentra muy lejos de las cumbres de la literatura actual. Y, sin embargo, la Academia Sueca la ha distinguido con el Premio Nobel. A todas luces, lo más significativo de Müller no es su obra sin su biografía. Nacida en Timosoara –una región rumana de habla alemana–, padeció represalias por negarse a colaborar con el régimen comunista del general Ceaucescu, que le impidió publicar. Emigró a Alemania en 1987 y sus relatos, en los que ha retratado la dureza y la abyección de la dictadura de su país, consiguieron notoriedad en Alemania y en Austria, aunque pasaron prácticamente inadvertidos en los grandes circuitos literarios internacionales. Es, pues, evidente que lo que la Academia Sueca ha querido premiar es la dudosa función social de la literatura, el arrojo del escritor trasterrado, el valor del testimonio. Y este heroísmo estético pudo merecer el premio Nobel de la Paz pero no el de Literatura, galardón que se desacredita cada vez que los gestores del legado de Nobel realizan una pirueta. Es como si a Obama le hubieran dado el Nobel de Literatura.