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Luna llena

 
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EDUARDO JORDÀ Era una mujer pequeña, muy dulce, muy educada, que hablaba muy bien el francés. Un tonto habría dicho que había sido bella en otros tiempos, pero no era verdad: aquella mujer seguía siendo bella a pesar de que ya no era joven. Había escrito un libro con un título que me gustaba, Dibújame un gallo, pero eso era todo lo que sabía de ella. Habíamos coincidido en un mismo tenderete, en un Salón del Libro, en una pequeña ciudad del sur de Francia. Era una tarde de sábado, hacía calor y ningún lector se acercaba a nuestro tenderete. Como estábamos en las antiguas caballerizas de un cuartel militar, había una exhibición ecuestre en algún sitio y la nave se había quedado vacía. Estuvimos un rato sin decir nada, como dos extraños en la sala de espera del dentista. Había un coloquio en algún sitio, y de vez en cuando nos llegaban los ecos de la conversación, pero a ninguno de los dos nos interesaba. Para entretenerme, miré el nombre que aparecía en la cubierta de su libro, Dibújame un gallo. Era un nombre muy raro que no conseguí situar en ningún sitio. Pensé que mi vecina podría ser albanesa, o turca, o de algún país islámico de las antiguas repúblicas soviéticas, Turkmenistán o Tayikistán, no sé. Estaba a punto de preguntarle de dónde era, cuando se volvió y me preguntó con una voz muy suave, muy pausada:
- ¿Qué tal si charlamos un poco? Si no, me voy a quedar dormida.
Me avergoncé de mi torpeza y empezamos a charlar. Y entonces supe que mi vecina era afgana. Se llamaba Spöjmaï Zariâb ("perdón por las diéresis", sonrió). Había nacido en Kabul, en 1949, y vivía en Francia desde comienzos de los años 90. Durante la guerra civil, cuando Kabul sufría a diario los bombardeos de los "muyahidines", ella y su familia habían huido a Francia. Se habían instalado en Montpellier. No había tenido que aprender francés porque ya lo hablaba en el colegio, pues había ido a un colegio francés de Kabul.
Como buen occidental mal informado, le pregunté por el burka. Por primera vez noté que levantaba la voz. Spöjmai no había visto burkas durante su infancia ni su juventud. "El burka era una cosa que sólo llevaban las mujeres de las aldeas remotas. Y nosotras no nos relacionábamos con ellas. Pero ahora las mujeres afganas vuelven a llevarlo. No lo entenderé nunca". Luego me contó que el problema de Afganistán habían sido los golpes de estado y las guerras civiles. "Mi país era un país pobre, pero poco a poco íbamos saliendo de la pobreza. Cuando yo iba a la Universidad de Kabul, el 40 por ciento de los alumnos eran mujeres. Si vas ahora, no creo que te encuentres ni un 10 por ciento. Pero en los años 70, Los comunistas quisieron hacer todos los cambios en dos días, y fíjate cómo estamos ahora, mucho peor que hace 50 años. Ya ves".

Creemos que Afganistán es un país salvaje, ignorante y atrasado, pero Spöjmaï Zariâb era la mujer más elegante y más educada que he conocido en mucho tiempo. Me contó que su idioma era el dari –el persa afgano–, que es un idioma tan hablado en Afganistán como el pashtún, sólo que tiene una tradición literaria y una riqueza cultural que ni de lejos tiene el otro idioma oficial. También me contó que Spöjmaï significa "luna llena" en persa y que los talibanes odiaban el persa y todo lo que tuviera que ver con su cultura, porque significaba poesía y música y arte. "Si dependiera de ellos, les cortarían la lengua a todos los que hablan persa".
"Ya que estamos, ¿quieres oír una historia de talibanes?", me preguntó Spöjmaï. Le contesté que sí, claro que sí. "Pues mira, hasta tiene gracia: un afgano, durante la guerra civil, huyó al Pakistán. Cuando murió, su familia quiso enterrarlo en su país. Al volver con el ataúd, los talibanes que vigilaban la frontera les obligaron a abrirlo, porque los ataúdes se usan para pasar mercancías prohibidas de contrabando. Los familiares abrieron el ataúd y los talibanes se asomaron a su interior. Y entonces un talibán se puso a gritar: "¡El muerto no lleva barba!" En el Afganistán de los talibanes, todos los hombres estaban obligados a llevar barba. Así que sacaron al muerto del ataúd y lo castigaron con ochenta latigazos, por impío. Ya ves qué locura de país me ha tocado".
Me acordé de Spöjmaï cuando me enteré de la muerte de un nuevo soldado español en Afganistán, ese extrañó país que produce la incomparable dulzura de una Spöjmai y la estrafalaria locura de los talibanes que hacen azotar a los muertos por no llevar barba.

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