CAMILO JOSÉ CELA CONDE
El descubrimiento de unos restos fósiles muy completos –para lo que suele ser el caso– correspondientes a un ancestro de nuestra especie muy antiguo, de más de cuatro millones de años, es un acontecimiento que alegra a cualquiera que se interese por la evolución humana. Las alegrías, no obstante, conllevan el riesgo de que se desate la euforia. Así ha sucedido con ´Ardi´, el ejemplar ARA-VP-6/500 –una hembra de Ardipithecus ramidus, procedente de Etiopía–, que supone un caso excepcional por haberse hallado el esqueleto en bastante buenas condiciones. Sólo existían tres restos tan completos hasta que llegamos a los neandertales, es decir, a una sepecie que enterraba a sus muertos: dos Australopithecus, ´Lucy´ y ´Big Foot´, y un Homo erectus, ´Nariokotome Man´. De tal suerte, ´Ardi´ completa un póker de maravillas fósiles.
Pero el hallazgo tiene sus límites: no supone el ejemplar de homínido más antiguo –contamos con muestras dos millones de años más antiguas–, ni el más completo –el de Nariokotome le gana–, ni el más próximo a nosotros –los ardipitecos formaban una rama muy lateral del linaje humano, muy cercanos a los simios en términos adaptativos. Aun así, el ARA-VP-6/500 es una espléndida evidencia que arroja mucha luz acerca de la evolución en forma de mosaico que condujo hasta los humanos actuales.
Es una lástima que los fósiles no nos cuenten más historias que las deducibles de sus huesos. Pero eso, claro es, no va a impedir el que se publiquen titulares de gran impacto, de los que animan a los lectores morbosos a seguir adelante. Los periodistas especializados, e incluso los antropólogos profesionales, han perdido en cierta forma el norte al decir cosas como que los caninos pequeños de ´Ardi´ demuestran que los ardipitecos eran seres poco agresivos. Vaya por delante que las hembras de todos los simios tienen los caninos pequeños a causa de los dimorfismos sexuales –las diferencias anatómicas entre los dos sexos atribuibles, entre otras cosas, a las distintas estrategias de apareamiento–. ´Ardi´ no nos dice nada, pues, acerca de cómo podrían haber sido los caninos de los machos.
Ya existían otros ejemplares de ardipitecos de los que sí puede sacarse esa información, pero deducir de ellos, esto es, del tamaño de sus caninos, el comportamiento social más o menos agresivo supone un salto en el vacío poco justificable. Está por demostrar que la agresividad guarde algún tipo de relación con el tamaño de los dientes y, de hecho, Konrad Lorenz sostuvo lo contrario: que los grandes caninos, con su capacidad para herir, llevarían a una presión selectiva hacia el desarrollo por selección natural de ceremonias de apaciguamiento eficaces. Los animales sin armas naturales, serían, así, mucho más agresivos en sus conductas sociales que aquellos otros que, disponiendo de grandes colmillos, supondrán un peligro para sus compañeros de grupo cada vez que se decidan a utilizarlos.