DANIEL CAPÓ
En alguna ocasión, el director de orquesta Sergiu Celibidache declaró que la industria discográfica iba a terminar con la música clásica. De ahí que él no quisiera grabar discos –sólo lo hizo de joven y obligado por los bolcheviques– y que no les concediera otro valor que el meramente documental. A su muerte, los herederos –viendo los pingües beneficios que podían obtener– decidieron vender los derechos de sus conciertos, preservados en los archivos radiofónicos, con la excusa de que era el único de modo de salvar y difundir un modo de entender la música que no encuentra parangón en el siglo XX. Realmente sólo su maestro en Berlín, Wilhelm Furtwängler, y quizás Szell, Klemperer y Mravinski sean comparables a Celibidache. Mengelberg también, pero el director holandés queda demasiado lejos en el tiempo y la calidad de las grabaciones no le hace justicia. El Bruckner de Celibidache es referencial, como imprescindible es toda su música francesa –de Debussy a Ravel, pasando por Faure– y algún Brahms –pienso en el Deutsches Requiem, por ejemplo– y Schumann. Su Beethoven, en cambio, es discutible y jamás dirigió a Mahler, con la excepción de los Kindertotenlieder, ni ninguna ópera. Prefirió ser fiel a sí mismo y dirigir una y otra vez aquellas músicas que amaba, no sé si buscando esa perfección de la que descreía. El arte no es la perfección, aseveró una vez, sino el jardín de Dios, el reflejo infinito de la verdad.
Músicos como Celibidache ha habido muy pocos y, a menudo, no son los mejores técnicamente. Nikolayeva, por ejemplo, era torpe y ruda como una anciana babushka pero Shostakovich no podía vivir sin escuchar sus interpretaciones de Bach. El alemán de Souzay distaba de ser perfecto pero no conozco a nadie que haya cantando con más dulzura los dichterliebe de Schumann. Es una cuestión de ángel, de gracia, diríamos, pero también de fidelidad. La fidelidad es amor a lo que nos ha sido entregado, así como el respeto que ese don nos merece. Recuerdo ahora una anécdota que viene al caso. Un día, el legendario pianista italiano Arturo Benedetti Michelangeli intentaba, junto con Celibidache, afinar el piano antes de un concierto. Michelangeli –el piloto de un bombardero durante la II Guerra Mundial, el probador de Ferrari, el descendiente de san Francisco de Asís– se pasó horas y horas tratando de ajustar ese piano que todo el mundo, incluido el director, oía perfectamente afinado. Al final, el concierto no tuvo lugar. Cuando los periodistas le preguntaron a Celibidache por aquella cancelación, él simplemente contestó dándole la razón a Michelangeli: "¿Quiénes somos nosotros para poner en duda su palabra? Él oye cosas que nosotros no podemos ni intuir". Yo también lo creo así.
Pero éstos eran otros tiempos y quizás sólo ahora nos empecemos a dar cuenta de la verdad que escondía aquella altisonante profecía de Sergiu Celibidache. Cuando él era joven había diez, quince directores de orquesta, a cuál mejor. ¿Dónde se encuentran ahora? ¿Quiénes son esos nombres? Ésta es también una rara ironía.