MATÍAS VALLÉS
Hace un cuarto de siglo, Mallorca contaba con un par de campos de golf y me llevo una. Por entonces, mi carrera periodística alcanzó su cénit cuando el presidente de la federación de ese deporte –si ampliamos esta acepción atlética a disciplinas que pueden practicarse sentado y fumando– me vaticinó que la isla contaría con una veintena larga de instalaciones golfísticas. La entera profesión política y periodística, muy mezcladas en Balears, se carcajearon de mi titular, con la feliz ocurrencia de que faltaba superficie para acomodar tanto hoyo. Pues parece que sí cabían. Aparte de exigir un desagravio colectivo, me asombro ante la posibilidad de que los golfistas de UM enarbolen todavía hoy Son Baco como ultimátum al Pacto de Progreso.
Cuando el bárbaro Teodorico descubre los tesoros de Roma, suprime sus planes de destruirla. En cambio, Mallorca acentúa la vocación aniquiladora de quienes han nacido accidentalmente en ella, o la han elegido voluntariamente. Por tanto, no cabe incluir la fiebre golfista en la delincuencia urbanística o la coherencia destructora, sino asignarla directamente a la patología. Los empresarios, gobernantes, jueces y votantes que maniobran para que la isla incremente sus campos de golf están enfermos. Un partido que se apellida Mallorquina y desea más hoyos, ¿a qué realidad nacionalista no enfermiza se refiere?
Al tratarse de una enfermedad, nadie disuadirá a los afectados con el argumento de que la mayoría de campos de golf existentes están en venta, o que no se colapsan precisamente con aficionados. Tampoco podrá esgrimirse que, puestos a tener las mismas instalaciones golfistas que si gobernara Matas, sin olvidar Son Espases, por qué no nos quedamos con el original. Y nadie prestará oídos a los placeres de vivir en un municipio libre de contaminación golfística. Los enfermos seguirán pautados por su afección, hasta que la isla acabe de purgar el pecado original de su belleza, aunque de este crimen ya está casi irremediablemente curada.