Chet

 
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J. VIDAL VALICOURT Algunos afirman que se arrojó desde la ventana de su hotel en Amsterdam. Otros creen que, simplemente, cayó al vacío. Lo cierto es que había olvidado su trompeta en la habitación y, como no quería que en recepción lo viesen –dicen que se había largado sin pagar– intentó trepar un árbol cuyas ramas le facilitarían el acceso clandestino. No hubo suerte y el trompetista perdió pie y sus huesos fueron a dar contra la acera. Ahora, por fin, llega la película de Bruce Weber, Let´s get lost a las pantallas. Hace dos veranos, esta película, que data del ya lejano 1989, fue proyectada en el festival de jazz de Sa Pobla. Todo un anticipo. He escuchado el CD hasta agotarlo. Es triste y letalmente hermoso. Uno no puede abusar de él sin caer en un estado de languidez cercana a un estado de pre-muerte. Ahí tenemos al Chet Baker más deteriorado, tocando la trompeta con su casi total ausencia de dientes. Es curioso, pues muchos adictos a su música lo preferimos desdentado, defectuoso pero mucho más poeta. Chet Baker cumple a la perfección el dicho: sacar fuerzas de flaqueza. De joven fue una suerte de James Dean del jazz, un guaperas de libro. El tiempo, pero sobre todo la heroína, fueron aniquilándolo poco a poco. El último Chet Baker es un sonido dolido, incluso enfermo. Algunos dicen que daba pena verlo, ahí sentado en una silla en el centro del escenario, ensimismado mientras el contrabajista hacía su solo de turno. De él adoramos hasta sus fallos en directo, sus errores que acaba transformando en hallazgos, en aciertos insospechados. Uno se ha pasado largas tardes inyectándose en vena interminables versiones de My funny Valentine como quien reza a su particular dios humano, demasiado humano. Escucharlo en compañía puede ser fatal. Por eso, siempre lo escucho a solas. Gracias o por culpa de Chet Baker, decidí lanzarme y aprender a tocar la trompeta. Evidentemente, los inicios fueron duros, sobre todo para mis vecinos que, muy discretos y educados ellos, me dejaban notas en mi buzón de correos. Sólo querían un poco de piedad. Los comprendo. Un trompetista incipiente es uno de los peores vecinos que a uno le puede tocar. Aprendí los rudimentos y me atreví con la ya citada My funny Valentine, All of me, Autumn leaves y algún tema más. Por supuesto, hice caso a mis vecinos y me agencié una sordina y en el acto se la apliqué al instrumento. Y, claro, me creí Miles. No podía ser de otra manera.

No he visto la película de Bruce Weber sobre la vida del trompetista, pero sí que he abusado de su banda sonora y es de los pocos discos, sin duda, que salvaría de un incendio. De hecho, regalaría más de la mitad de mis libros a cambio de quedarme con ese CD. La noche del Art Report –muy divertida, por cierto– le pregunté a Gerardo Cañellas por el concierto que dio Chet Baker en el Auditorium, allá por el año 1983. No en vano, él fotografió a muchos de los jazzistas que allí se dieron cita, en aquel mítico e inolvidable festival de jazz. Se lo pregunté, pues mi fervor por Chet vino mucho más tarde. Por aquel entonces, yo tenía 14 años y me gustaba el blues puro y duro. Raqueta de tenis en mano simulaba algunos solos de Eric Clapton, incluso de Mark Knopfler o, en fin, y en plan pop hispánico: no miraba a los ojos de la gente, pero me miraba en el espejo y era feliz. No digo más. El trompetista se quedó a vivir durante mucho tiempo en Europa, sobre todo en Italia y, más en concreto, en Bolonia. Sé que detestaba a los baterías y por eso se conformaba, últimamente, con un guitarrista y un contrabajista. Para qué más. Le llamaban el James Dean del jazz. El actor, en cambio, no tuvo tiempo de deteriorarse. A Chet las mujeres también lo querían mucho. Pues eso, Let´s get lost.

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