JOSÉ JAUME
En cualquiera de sus películas, Tarantino ofrece un hartazgo de violencia, que seduce sin remisión. Es un empacho que deja satisfecho, aunque acabes por preguntarte si no estarás un poco pasado por complacerte tanto muerto inútil como aparecen en las dos horas en que la jocosa brutalidad de Tarantino, siempre inteligente, te deja no sé si perplejo, aunque sin duda encantado. En Malditos bastardos, la reflexión va un punto más allá: resulta que en ella los buenos son los buenos, por demenciados que se encuentren, y los malos son los malos, aunque el más espectacular y cínico de ellos se las arregle para pactar su suerte con los buenos y conseguir salir prácticamente indemne, con tan sólo una cruz gamada tatuada a cuchillo y sin anestesia en su frente.
Es lo que tiene Malditos bastardos: liquidar nazis en la Segunda Guerra Mundial es imposible que haga torcer el gesto a nadie, salvo, por supuesto, a los ayatolás de Irán, donde su presidente, más enloquecido que los personajes de Tarantino, sigue empeñado en negar el Holocausto. Es una satisfacción ver cómo, tras observar la masacre de una familia judía –está bajo un entarimado, así que únicamente se ve a los nazis disparando a mansalva–, la limpieza de acólitos de Hitler, se hace metódica e implacablemente, hasta con una bate de beisbol cuando las circunstancias lo requieren.
Además, con Tarantino las cosas nunca se quedan a medias, siempre hay una apoteosis en la que los acontecimientos se desmadran hasta más allá de cualquier lógica. Malditos bastardos tiene su secuencia volcánica e inmensa. Transcurre en un teatro, en el París de 1944, todavía ocupado por los nazis, pero con los Aliados ya a sus puertas; o sea: con los españoles que lucharon por la República a punto de entrar los primeros en sus calles. En este teatro, regentado por la judía que escapó a la masacre de su familia, porque al coronel nazi le dio por no matarla, y su novio negro, "pero francés", según se precisa, nada menos que Hitler y su ministro de Propaganda, Goebbels, asisten, junto a una lista interminable de nazis de toda clase y sobrecargados de bandas y condecoraciones, a la proyección de una película en la que un sargento alemán se carga a todos los soldados aliados que se le ponen por delante. El sargento, que se interpreta a sí mismo, está en la sala, porque se ha enamorado de la judía, sin saber que lo es, aunque, finalmente, ésta le dispare y él, con su último suspiro, le pegue también un tiro.
La cosa está en que la judía y su novio negro, deciden darle fuego al teatro. Lo consiguen. Además, Hitler es acribillado por unos de los cazanazis, con lo que se pone fin a la Segunda Guerra Mundial. Lo pueden hacer, porque el nazi cazajudíos pacta no decir nada sabiéndolo todo y dejar que la historia siga su curso. El teatro se convierte en una pira, ya que el celuloide –se utiliza el de cientos de películas almacenadas– arde más y mejor que cualquier otro material.
Con ciertas variaciones sobre la realidad, los malos pierden y los buenos ganan. Lo que no cambia es que no fueron pocos los malos que consiguieron comprar su impunidad. Inmenso Tarantino.