GUSTAVO CATALÁN
Como de la suya lo es Marsé, según afirmó textualmente Antonio Lobo. Porque es duro como él, "y los hombres duros están llenos de generosidad", argumentó este hombre introvertido, de cara seria, pocos amigos y menos rodeos.
En algo de eso se te parece y ojalá fuese también en la escritura que admiras. De ahí que te duela su pronta retirada. "Mi voz, hablada o escrita, ya no se escuchará más", anunció hace pocos meses. Una última novela y se acabó porque tal vez crea, como Séneca, que envejecer en las letras es disparate. En esto no puedes darle razón. Siquiera por egoísmo, prefieres creer que cambiará de opinión y seguirá en la locura de suplantar la vida con las palabras. Seguir en el Contar, cantar, llorar, vivir acaso… de J.R. Jiménez, y es que sin Lobo Antunes, sin esos artículos en Babelia que releías, empañará el futuro otra nueva orfandad, y no te importe si piensan que exageras por no poder seguir en el disfrute de ése su contar que ha ensanchado tu vida sin acaso.
De los libros, sólo algunos leídos, de modo que te queda mucho Lobo que aprender, del que gozar porque aunque empezase tarde, con 37 años y aquella su Memoria de elefante, han sido tres décadas de escribir a razón de 14 horas diarias según confesó: "Organizándote la vida como los drogadictos, en torno a tu vicio". Sin duda, ha sido él quien supo trasmitirte, por el conocimiento y las emociones, una cabal comprensión de aquella guerra de Angola (En el culo del mundo) en la que participó como teniente médico con veintitantos años; sobre su traumática descolonización (Esplendor de Portugal) o, en cuanto a la dictadura de Salazar en su país (Manual de inquisidores, en la mejor tradición de las novelas sobre sátrapas), una perspectiva que enriquece la visión plural de sus distintos personajes. Sin conocerlo, lo sabes mejor que a algunos con quienes hablas a diario y, fruto de la devoción que le profesas (de ahí lo de la capilla), incluso guardas en tu base de datos ciertos rasgos de carácter que traducían sus declaraciones, destellos de ternura o salidas de tono que también, y algo tendrá que ver con tu talante semejante empatía con ese psiquiatra de malas pulgas.
Al poco de volver de África se separó de su mujer María José, "Zé", a quien sin embargo cuidó y acompañó cuando ella enfermó de un cáncer renal. Sordo por herencia familiar (madre, abuelos…), quizá ese problema influya en sus reticencias para con los medios y la vida pública. No obstante, su desprecio a los premios, que extiende a muchos de quienes los han recibido, choca con su aceptación de algunos, desde el Gran Premio de Novela y Romance de la Asociación Portuguesa de Escritores – que ha ganado dos veces–, al de la Feria Internacional de Guadalajara, antes Premio Juan Rulfo.
Por lo que hace a las opiniones que le merecen ciertos colegas de profesión, no las suscribirías aunque, pese a ello, sonríes y las disculpas como harías con las de un amigo. Saramago es, para Lobo, "un pobre inútil" (naturalmente, la animadversión es mutua) y, en cuanto a algunos que ya no podrán responder, los libros de Nabokov "no son tan importantes como él imaginaba", Sábato era "un infeliz, un amargado" y, sobre Pessoa, sentencia que "es difícil ser buen escritor sin haber echado un polvo". Pullas y puñaladas que son por otra parte habituales entre la farándula literaria, muchos con el ego tan crecido que ha de apuntalarse sobre el del vecino y es que, como sabes, no hay peor enemigo que el de tu oficio. Recuerda que Orwell llamó a Sartre "bolsa de aire", Schopenhauer, a Hegel, "soplagaitas", Neruda a Dámaso Alonso, "hijo de perra", Galdós era un "garbancero" para Valle Inclán o, la Pardo Bazán, una "pobre idiota" según Baroja. Y eso por no hablar de las tirrias que hoy colean, así que nada fuera de lo común y, en paralelo con sus dicterios (¡Ojalá hubiera asistido a las Conversaciones de Formentor, recién clausuradas! Habría dado juego), asunciones que sí compartes ("Escribir es hablar de los que no tienen voz", "Un buen libro es el que cada lector piensa que se escribió para él"…) o rabietas que, en alguna medida, lo vuelven cercano.
Porque A. Lobo, acuérdate, también se arrepiente, como hizo cuando aseguró en 1998, tras recibir críticas negativas, que no volvería a publicar en Portugal. Claro que abandonar la escritura tiene precedentes y ahí tienes, entre otros, a Salinger, Simenón o a Carmen Laforet y sus cuarenta años de mutismo. Pero Lobo sólo cuenta con 67 abriles y, aunque alegue cansancio, jurarías que aún sigue buscando, como dijo en su día, algo en su corazón. Como viene haciendo desde que era aquel niño a quien, según su madrastra, pesaba el culo. ¿Recuerdas el artículo? "Ése de ahí detrás soy yo", se titulaba, refiriéndose a una foto en el colegio. Culón y torpe, seguía zahiriendo la madrastra, "y es que tampoco tu padre fue nunca gran cosa en nada", así que una cuestión hereditaria, concluía Lobo Antunes: genética como la sordera. Tal vez como la pulsión que le lleva a escribir y, de ser el caso, tendrá difícil arreglo. En eso confías.