MIGUEL DALMAU
En los años lejanos de mi infancia solía acudir al fútbol en compañía de mi abuelo. Y aunque estaba extasiado ante la magnitud colosal del Camp Nou donde unas figuritas de calzón corto corrían tras la pelota, el verdadero espectáculo tenía lugar en las gradas. Ninguna de las jugadas que vi en todo ese tiempo –a excepción de las de Cruyff– eran tan alucinantes como el comportamiento bullicioso del público. No sabía entonces que un tal Canetti había dedicado unas paginillas a analizar el asunto, y que si el tal Canetti se hubiera sentado en aquel estadio habría visto confirmadas muchas de sus teorías. Uno de los fenómenos más desconcertantes era, sin duda, la parcialidad de los espectadores; es decir, la entrega absurda, ciega e irracional hacia un bando en detrimento del otro. Lo que había comenzado como un juego se iba complicando con el paso de los minutos en función de las incidencias. Pero lo asombroso es que esas incidencias eran juzgadas por un rasero muy subjetivo que negaba cualquier viso de ecuanimidad.
A lo largo del tiempo he asistido mil veces a similares despropósitos. La misma jugada –un penalti, un fuera de juego, un gol ilegal– era recibida de muy diferente manera en función del color de la camiseta. Si el infractor era de los nuestros disculpábamos el hecho como un lance más del partido. Pero si el infractor era un contrario, ay, la respuesta era inmisericorde. Toda la comprensión que exigíamos para los nuestros, la tolerancia, el respeto y hasta la bendición apostólica pivotaba hacia el polo opuesto donde clamábamos justicia como en un drama de Calderón. Sin embargo, en el camino olvidábamos lo esencial: ¿justicia para todos o sólo para los nuestros? En un país cainita como éste, las pulsiones de guerra en tiempos de paz parece que tengan que drenarse así, en enfrentamientos simbólicos que transformamos en batallas campales: el Madrid contra el Barsa, Plácido contra Kraus, Federico contra Iñaki, Rouco contra Setién… En fin. No hay lugar en nuestra piel de toro donde no estemos a la greña. Y uno sospecha que en lugar de civilizados seguimos guerracivilados.
Pero es en la política donde nuestra ceguera partidista alcanza dimensiones colosales. Hasta un lerdo podría redactar un tratado de psicopatología colectiva analizando por qué les españoles les reímos las gracias a unos –incluso en el caso de corrupción– y no pasamos ni media a los otros, los que no son los nuestros. Para eso, para disculpar lo intolerable de nuestro bando, exhibimos un ingenio argumental infinito. En cambio, ese mismo ingenio se revuelve como un guante a la hora de poner al adversario en la picota. Se diría que estamos tocados de una gracia divina que nos autoriza a ser como somos y a portarnos como nos venga en gana. A cambio, los otros no tienen derecho a respirar y menos aún a equivocarse. Lo peor de todo es esa sonrisa impúdica de los infractores. Ellos saben mejor que nadie que en este país su mejor defensa reside en nuestra enfermedad moral.