EDUARDO JORDÀ
Hace unos días fui a comer con mi hijo a un restaurante decorado con cubiertas de discos. Mientras esperábamos la comida, le pregunté cuál le gustaba más. Casi todos los discos eran de los 60 y 70. Había cubiertas lisérgicas, letras que se derretían como los relojes blandos de Dalí, colores chillones, distorsiones visuales. Nada de eso le llamó la atención. En cambio, mi hijo se fijó en una cubierta de Neil Young con su rostro dibujado en tonos pastel, luego en otra de Cat Stevens con el dibujo de un cubo de basura (Mona Bone Jakon, un gran disco, por cierto). Pero en seguida reparó en cuatro tipos que cruzaban un paso de cebra, uno con las manos en los bolsillos, otro fumando, otro vestido con ropa vaquera. Me señaló la cubierta. "Ésa me gusta". Y entonces pensé en lo eficaz que puede ser la sencillez. Para llamar la atención de un niño basta un día de verano, una luz cremosa, una calle con árboles, una composición digna de un maestro de la escuela holandesa y cuatro figuras cruzando un paso de cebra. Todo eso es mucho más atractivo que los colores violentos y los caleidoscopios psicodélicos y los engaños ópticos. Y así es Abbey Road: el triunfo de la aparente sencillez. El triunfo de la armonía.
Cuando salíamos del restaurante, nos paramos a ver la cubierta de cerca. Le conté a mi hijo las circunstancias de aquella foto que todos conocemos: que aquella fue la última foto que los Beatles se hicieron juntos, en agosto del 69; que aquella fue la última grabación en los estudios de Abbey Road; que Paul era el que iba descalzo y con el paso cambiado, etc., etc. Pero mi hijo escudriñó la cubierta y me señaló una figura solitaria que se veía al fondo, en la acera de la derecha. "¿Quién es?". Nunca me había dado cuenta. Pero era cierto: allí al fondo se veía una silueta que parecía estar mirando desde lejos a los Beatles. ¿Quién era?
Ya tengo la respuesta. Aquella silueta lejana era Paul Cole, un turista americano que estaba de visita en Londres. Aquella mañana del 8 de agosto de 1969, cuando los Beatles cruzaron el paso de cebra, estaba paseando por Abbey Road. Y de repente oyó ruido y vio gente saliendo de uno de los edificios: un fotógrafo, una secretaria y cuatro tipos que empezaron a cruzar varias veces el paso de cebra. Y él se detuvo allí, curioso, intrigado, y sin saberlo se convirtió en una parte –aunque diminuta– de la historia del rock: una figura con las manos en la espalda y algo blanco en la cabeza que quizá sea un sombrero flexible o una gorra. Y meses después, cuando Paul Cole se vio en la cubierta del disco, no le hizo mucha gracia saber que había quedado atrapado en aquella calle del norte de Londres. Dios sabe si le había dicho a su familia que estaba en una convención en Chicago o en una reunión en Berlín, porque la cubierta de Abbey Road demostraba que había estado en Londres. Paul Cole murió el año pasado. Parece ser que aún no se le había pasado el mosqueo.
El caso de Paul Cole me recuerda el de otra foto famosa, El beso en el Hôtel de Ville, de Robert Doisneau. En segundo plano, tras los dos enamorados que se besan, aparecía un señor con gafitas y una boina negra y un traje de lana gruesa. Un reportero del Irish Times descubrió que se trataba de un irlandés, el señor Jack Costello, que había hecho en toda su vida un único viaje al extranjero, aquél en el que pasó por la plaza del Ayuntamiento de París el día en que Robert Doisneau fotografiaba a dos enamorados (aunque hay quien dice que eran dos actores). Da igual. El caso es que Jack Costello le había dicho a su familia que se iba en peregrinación a Roma, en moto, para ver al Papa. Y luego apareció en la foto famosa de Doisneau, en la que no hay moto, ni Papa, sino dos enamorados que se besan. Si uno peregrina desde Dublín a Roma a ver al Papa, lo más prudente es evitar pasar por París, esa ciudad donde los enamorados se besan con pasión, y en cambio dirigirse hacia Lourdes. Pero el buen Costello pasó por París, y allí lo pillaron, como al turista americano de Abbey Road.
Ahora que han pasado tantos años de Abbey Road, vuelvo a mirar la foto, igual que mi hijo, y vuelvo a escuchar la música, esa música que creía saberme de memoria, aunque no era verdad. Ahora me ha revelado cientos de detalles insospechados, como aquella silueta lejana detenida en la acera. Y cualquiera que escuche Abbey Road se quedará quieto bajo los árboles y la luz cremosa, igual que el turista Paul Cole en una mañana de verano.