PEDRO VILLALAR
Es posible que la contemplación del rostro de los terroristas viajeros –´Txeroki´, el último por ahora–, con gesto torvo y mirada criminal, tenga algún efecto pedagógico, pero no debería decirse más que las idas y venidas de estos conspicuos delincuentes entre Francia y España representa un avance en el desarrollo del espacio judicial europeo y una prueba de las buenas relaciones entre los dos países. El préstamo que Francia nos hace de los etarras para que sean aquí interrogados y procesados, con la condición de que sean devueltos después para que respondan ante la justicia francesa es, precisamente, una prueba de todo lo contrario: las justicias nacionales no renuncian a sus derechos en aras de una única justicia continental, al menos en el campo de los delitos más graves. Lo razonable no es esta peripatesis sino que, mediante al acuerdo solemne de todos los socios comunitarios, el delincuente sea juzgado allá donde con más fundamento se le persigue. Y que en un único procedimiento se agrupen todos los delitos conexos de una misma actividad criminal. Lo demás es una farsa, que da oxígeno en lugar de restárselo a los terroristas.