JOAN HUGUET (*)
Según una encuesta del instituto de Evaluación y Asesoramiento Educativo (IDEA), el 47% de los profesores españoles conoce a algún compañero que se siente amilanado por sus alumnos. El citado estudio concluye que el 66% de los profesores entiende la indisciplina como la principal causa de los problemas educativos y el 74% considera necesario reforzar las medidas de disciplina en los centros. Este y otros entes y asociaciones de profesores denuncian, junto con importantes librepensadores, el deterioro de la formación base de nuestros alumnos y su alarmante distanciamiento de la media europea.
Similares datos suelen repetirse tozudos desde hace bastantes años. Sin ánimo de ser exhaustivo, como diría César Vidal, los temas más sistemáticamente denunciados serían: un combinado de indisciplina en las aulas cada vez más agresiva, una cultura del esfuerzo en extinción y un avance imparable de la ignorancia y del más burdo relativismo en los jóvenes, aspecto este último, especialmente grave en los que acceden a la universidad. Nada significativo, al parecer, para una cultura del talante que considera catastrofista denunciar el hecho de que nuestra sociedad sufra una minoración del espíritu crítico, un aprecio de la cultura bajo mínimos, una edulcoración del sentido de la responsabilidad transmitido a los jóvenes y un dominio asfixiante de la corrección política.
La cultura del talante ha promovido una disparatada directiva social, según la cual, cada vez que alguien plantea el problema de la educación en términos desafiantes con la verdad oficial, se le considerará como el malvado que en las películas del oeste vendía maligna agua de fuego a los indios. Expresado a las claras, el talante estaría difundiendo la falacia de que cualquier alarma, transmitida con relación al problema de la educación y su previsible (y constatable) impacto social, supone el resultado de trastornos fóbicos u obcecaciones radicales propias de una trasnochada y ultraconservadora visión de aquella.
En apoyo de la citada falacia, un conjunto de calificativos dirigidos hacia todo discrepante con las verdades oficiales, constituyen todo un cordón sanitario elaborado estratégicamente con retales de lenguaje políticamente correcto, que pretende sumergir en un bloque subversivo toda disonancia crítica. Y es que la negación de los peligros y la atribución de catastrofismo a quienes los denuncian, nace aparejado a un temor que pretende sofocar la disidencia: el miedo a transgredir la corrección política. El miedo promovido por la cultura del talante no es al hecho de que el sentido del deber, la voluntad o el mérito sean incomprendidas y vilipendiadas, no, el miedo es a que te acusen, por alertar de la amenaza, de ser un entusiasta partidario de las "hojas de reclutamiento fascistas".
Sin embargo, el sentido común y los datos nos dicen que debemos temer por una sociedad educativamente desnortada, una sociedad en la que el desprecio por el esfuerzo personal se ve respaldado por un proteccionismo educativo que no promociona el esfuerzo ni el mérito. El sentido común nos indica que debemos temer los efectos sociales generados por contravalores que inciten hacia la inmadurez colectiva, tan tentadora para los jóvenes, como son el desprecio por la cultura o el sentido del deber, y que debemos temer las consecuencias de la crisis del principio de autoridad, sobre todo en la educación. La política del talante niega la relevancia de los anteriores peligros sin dar razones, y lo hace no sólo bloqueando el diálogo, sino también negando interlocución legítima a quienes previamente se etiqueta como partidarios de implantar una disciplina que vuelva a "poner de rodillas" a los alumnos.
La política del talante insiste en la simple y llana negación del fracaso escolar como consecuencia, en gran medida, de la conducta del alumno. Fracasará la sociedad, las leyes y los padres, pero el alumno siempre será considerado víctima. El talante dice temer el trauma de los niños y herir su autoestima tanto como parece temer asumir la defensa de los maestros y profesores. Consecuentemente, el talante escamotea la necesidad de ver incrementado el espacio de autoridad de aquellos para exigir disciplina e inculcar virtudes como la tenacidad y el esfuerzo al alumnado.
(*) Abogado y senador