EVA ACOSTA
Desempolvar el concepto de autoridad no es fácil. Llevamos décadas jugando a otros deportes, y tal vez el más popular sea ignorar cuanto suene a jerarquía, canon u orden establecido, y esto en general y en todos los ámbitos de la vida. Si hubiera que diseñar un escudo de armas para la corriente dominante, el símbolo sería el ancho de un embudo, y el lema, "yo tengo derecho". Apuntar que todo derecho conlleva una obligación supone mentar al "coco", y quien incurre en semejante torpeza es un desgraciado. La autoridad se cuestiona al aire libre y en pista cubierta, en la república independiente de la casa de uno y en el botellódromo municipal. La autoridad ni se menciona, y empleamos rodeos y subterfugios para aludir de puntillas a ella, aunque siempre con cuidado de no pronunciar esa palabra hoy desacreditada, rancia, viejuna y molesta.
La abuela de una amiga mía, señora que yo conocí ancianísima y hace mucho que goza de mejor vida, creía que si se ponía gafas de sol, no la conocería nadie; de ese modo, el día que le daba por ahí se calaba los cristales tintados y paseaba por el barrio tan contenta, sin decir ni mu a los vecinos. Así, también muchos creen que si eliminan del vocabulario la palabra "autoridad", no existe la realidad de que unos mandan y otros obedecen. Craso error, qué les voy a contar a ustedes. A bote pronto, sólo tenemos que fijarnos en el panorama de esta crisis económica en la que, una vez más, está quedando claro quién es quién: quién impone las reglas (es decir, antes montó el tinglado para llevárselo calentito y ahora sigue a flote gracias a los donativos públicos) y quién lleva orejeras y da vueltas en torno a la rueda de molino. Es un ejemplo práctico de que no hace falta exhibir la etiqueta de "autoridad" para hacerse respetar.
El preámbulo viene a cuento de la posibilidad de otorgar a los profesores la categoría de "autoridad pública". ¿Es que, además de guardas, asistentes sociales y burócratas, ahora pretenden convertirlos en "guindillas"? De nuevo se empieza la casa por el tejado y se cierra los ojos ante la realidad de un panorama educativo descosido, gobernado a veces por criterios pedagógicos más que discutibles, donde un chaval de doce años puede codearse con los fonemas y el Big Bang siendo analfabeto funcional. Y, sobre todo, con nula consideración social hacia el profesorado. Las aulas no son cámaras neumáticas: los conflictos de disciplina que se plantean en ellas reflejan el mundo exterior. Cierto que, huyendo del autoritarismo que habían conocido en su infancia, hace décadas muchos profesores instauraron un "coleguismo" con sus alumnos que hoy hace aguas. Pero la solución no es imponer la "autoridad" por decreto, sino sanear uno de los pilares básicos de nuestra sociedad y quizá, quién sabe, devolverle dignidad al concepto. Mucho más difícil, ¿verdad?