J. VIDAL VALICOURT
Le he dado muchas vueltas al tema de la meditación trascendental, incluso he asistido a algunas sesiones de las cuales he acabado saliendo por pies. Siempre es mejor mirar un punto fijo a solas que en grupo. Nos aconsejan los expertos que hay que dejar que las imágenes vayan sucediéndose, que no les demos importancia. El objetivo, parece ser, es lograr que la mente se quede en blanco. En cualquier caso, mi meditación siempre acaba siendo un eterno retorno de las mismas imágenes, muchas de ellas chistosas. No puedo someter mi mente, ella va por libre y resulta que sus asociaciones tienen todo menos de trascendentes. Suelen ser desternillantes. Se me ocurren infinidad de ideas traviesas, incluso malévolas. Mi tendencia a desacralizar es superior, y siempre acabo por visualizar ridiculeces y, en lugar de lograr el nirvana, logro un ataque de risa en sordina. No es difícil para mi mente imaginar al vecino con los ojos en blanco y con la boca abierta. En efecto, como aquel personaje buñueliano de El perro andaluz. Muy bien visto. También me lo puedo imaginar como al típico individuo que huye de su mujer o de la soledad insufrible de su hogar y que se siente protegido entre otros seres meditabundos e igualmente necesitados de paz cerebral. Lo siento, pero mi tendencia a la sorna aniquila cualquier pretensión de trascendencia. Lo cual agradezco, pues la intrascendencia es un alivio. La intrascendencia logra por el camino más corto lo que la trascendencia no consigue sino con horas de disciplina. La trascendencia me suele pillar mientras conduzco o camino, incluso cuando voy en bicicleta y, sobre todo, cuando le doy el puré o el biberón a mi hija pequeña o cuando sin alterarme soporto su desconsolado llanto o trepidante rabieta. Ahí te quiero ver, meditador de los silencios.
El estado de nirvana hay que lograrlo en pleno barullo, en pleno atasco en la vía de cintura, en plena vorágine de niñas berreando y cláxones histéricos. Ahí se mide el verdadero temple del meditador, que es capaz de lograr el grado cero, el punto filipino del asunto. Ese es el yoga del padre atribulado, quien tiene que superar ese trance con serenidad de ánimo y fortaleza mental. Ahí está la auténtica meditación cotidiana, la que pasa de ommms y demás mantras, melopeas y fórmulas mágicas para tararear alguna siniestra canción infantil. No digo yo que la meditación trascendental no sirva, que sí que lo sé y además conozco a gente que le sienta de maravilla y logra visualizar imágenes muy chulas. Pero hay otra meditación, la que en verdad da el callo y es esa que practicamos algunos cuando intentamos dormir a nuestra hija paseándola de arriba abajo, de una punta hasta la otra de la casa con una cantinela que aburriría al más pintado y sin dejar de caminar. Ea mi niña, ea mi niña, duérmete ya. Ese es nuestro mantra, nuestro omm de andar por casa y lo demás son monsergas. Eso curte, y mucho. La estrategia es la de bordear la desesperación, hacerle un quiebro a la ira mediante la tabarra que suele empezar así: duérmete niña, duérmete ya, que si no te duermes el lobo vendrá. Pruébenlo. No falla.