EDUARDO JORDÀ
William M. Felt era un tipo alto, de modales distinguidos, que fumaba mucho y tenía una botella de whisky en su despacho. Había nacido en Idaho y su primer trabajo consistió en hacer una encuesta entre los usuarios de una marca de papel higiénico. Luego entró en el FBI. En 1972, cuando tenía casi sesenta años, era director adjunto, el tercer hombre más poderoso de la organización. Felt siempre fue leal a su jefe, el temible J. Edgar Hoover, el hombre que conocía los secretos de todos los americanos de cierta importancia. Y cuando Hoover murió de un infarto, Felt se encargó de destruir el archivo personal de su jefe, donde se guardaban sus secretos: su homosexualidad, su doble vida, sus sobornos, sus conductas ilícitas, su irrefrenable pasión por la corrupción.
El fiel y discreto Felt aspiraba a dirigir el FBI, pero el presidente Nixon se inclinó por un hombre que fuera ajeno a la organización dirigida por Hoover, y nombró en su lugar a un tal Gray. Felt se sintió ultrajado. Y cuando estalló el escándalo Watergate, que implicaba al presidente Nixon en escuchas ilegales a la oposición demócrata, alguien empezó a pasar información secreta a dos periodistas que cubrían el caso. En honor a la actriz porno Linda Lovelace, el informador fue apodado "Garganta profunda". Gracias a sus informaciones, Nixon tuvo que dimitir en el verano de 1974. La identidad de "Garganta profunda" siguió siendo un misterio, hasta que hace cinco años se supo que era el amargado, el celoso, el fiel y discreto William M. Felt, aquel hombre que había iniciado su carrera laboral haciendo encuestas sobre papel higiénico.
Cualquiera que disfrute de una situación de poder, por mínima que sea, sabe que en algún momento será traicionado por alguien de su entorno más cercano. Jesús supo que uno de sus apóstoles iba a delatarlo. Al final de la II Guerra, Himmler y Goering, cada uno por su lado, estaban negociando con los aliados a espaldas de Hitler. Nixon sospechaba de Felt, pero cuando sus asesores le propusieron darle un cargo relevante para silenciarlo, el presidente se empeñó en nombrar a otro. Y ahora, por lo que sabemos, Jaume Matas también tuvo su "Garganta profunda": en 2007, alguien envió de forma anónima dos sobres con informaciones comprometedoras a la Agencia Tributaria y a la Fiscalía Anticorrupción. Por supuesto que tuvo que ser alguien del entorno de Matas, alguien en quien el ex president hubiera confiado en su momento. Es muy posible que Matas lo considerara un buen amigo (o amiga), una persona de toda confianza, uno de sus fieles que estaría dispuesto a darlo todo por él. Y es seguro que algún día compartieron los mismos sueños, los mismos deseos, las mismas ambiciones, un poco a la manera del infatigable Edgar Hoover y su subordinado, el fiel y discreto William M. Felt.
¿Qué pasó? Cualquiera sabe. La naturaleza humana es tan amplia y variada –y sorprendente– como el archivo secreto de Edgar J. Hoover. Pudo ser por miedo, o por el deseo de desviar la atención sobre otros asuntos menos comprometedores para quien hacía la denuncia. Pero una cosa está clara: la denuncia se hizo cuando Matas ya había perdido el poder. Mientras Matas mandó, el fiel subordinado iba acumulando informaciones comprometedoras en secreto, pero seguía sonriendo a su jefe y le hacía comentarios halagadores al oído, e incluso le reía las gracias en las raras ocasiones en que el president se permitía un rasgo de humor.
La vida es muy rara, pensará Matas mientras se pregunta quién puede haberle traicionado. Sí, es muy rara. Durante algunos años fui compañero de colegio de Matas. Jugábamos al fútbol en la misma azotea del Luis Vives, nos comimos los mismos bocadillos en los mismos recreos, observamos con curiosidad el Dodge Dart de don Salvador Salas, y escuchamos asombrados los discos de los Beatles que nos ponía en clase el señor Pla, nuestro profesor de Dibujo. Muchos de mis amigos también estuvieron en aquel patio de colegio. En las fotos de clase que nos hacíamos en la escalera, junto al señor Pons o el señor Henales, allí salimos todos, sonrientes, taciturnos, enfurruñados, distraídos, felices. La vida es muy rara. Que uno de aquellos niños acabara siendo una mezcla de Richard Nixon y de Edgar Hoover es uno de esos misterios sin solución que la vida se encarga de plantearnos. Y ahora yo también me pregunto quién habrá sido su "Garganta profunda".