ANTONIO PAPELL
"Sin sorpresas y sin entusiasmo". Así ha descrito Le Monde la reelección del portugués Durao Barroso al frente de la Comisión Europea. En efecto, convertido en un único candidato, su misión consistía en recoger el mayor apoyo posible de las tres familias del Parlamento europeo, los conservadores del PPE, los liberal-demócratas y los socialistas. Lo ha conseguido gracias a la fractura múltiple del centro-izquierda: los socialistas portugueses y españoles le han apoyado, con la excepción de los dos eurodiputados del PSC. La justificación del jefe de filas del grupo socialista español, Jiménez Aguilar, ha sido inefable: "Barroso no podrá ser el mismo en los próximos años y se verá obligado a cambiar". Se le apoya para que no se comporte como hasta ahora.
El dilema con que se enfrentaba el nuevo Parlamento Europeo surgido de las urnas no era ideológico: ante la entrada en vigor del Tratado de Lisboa –los sondeos prevén una clara victoria del "sí" en el referéndum irlandés–, que introducirá grandes cambios en la estructura y en el funcionamiento de la UE, cabía poner al frente del gobierno comunitario a un personaje fuerte, europeísta, dispuesto a ejercer un liderazgo pugnaz y eficiente, o, por el contrario, mantener a un burócrata. Se ha hecho esto último, tras descartar algunas opciones "peligrosas". Así por ejemplo, durante la gestación de las candidaturas, se barajó el nombre del liberal belga Guy Verhofstadt, pero se le descartó por "demasiado europeísta y federal".
Barroso, llamado "el camaleón" por sus detractores –suele adherirse siempre a las tesis de su interlocutor–, abogado de profesión, fue maoísta antes de militar en el conservador Partido Social Demócrata (PSD), del que llegaría a ser líder y, como tal, primer ministro de su país entre 2002 y 2004. A petición de Blair, fue anfitrión de la reunión de las Azores en 2003 que supuso el lanzamiento de la guerra de Irak. Con frecuencia, ha defendido una UE "más liberal" pero, en realidad, el balance de su gestión es anodino: ha sido incapaz de hacer oír la voz de Europa durante la crisis económica y, según los círculos más europeístas, ha reducido la Comisión Europea a una especie de secretariado de los países grandes de la UE.
El momento de Europa es crucial puesto que estamos a punto de asistir a la transición entre el Tratado de Niza y el de Lisboa. La grandes líneas de éste son la introducción del voto por mayoría cualificada en el Consejo de la Unión Europea, un Parlamento Europeo con mayor peso mediante la extensión del procedimiento de codecisión con el Consejo, la reducción del número de miembros de la Comisión Europea de 27 a 18, la eliminación de los tres pilares de la Unión Europea y la creación de las figuras de Presidente del Consejo Europeo y de Alto Representante de la Unión para Asuntos Exteriores y Política de Seguridad. No es dudoso que la puesta en marcha de esta maquinaria mucho más potente requiere capacidad de liderazgo, fortaleza ideológica, ímpetu federalizante, convicciones sólidas. Atributos, en fin, que no se atisban en el melifluo Barroso, pese a su declarada intención de contribuir a edificar una "Unión más ambiciosa".