CAMILO JOSÉ CELA CONDE
Los coleccionistas de arte –o los fetichistas sin más, quién sabe– pagaron la semana pasada 42.000 euros por tres acuarelas atribuidas a Adolf Hitler. Se piensa que el urdidor del imperio nazi las pintó siendo joven, cuando no había logrado todavía el poder necesario para asesinar, dejando de lado a las víctimas directas o colaterales de la guerra, a seis millones de judíos a los que se debe sumar un número por calcular, que yo sepa, de gitanos y rojos.
Como la noticia no incluía ninguna imagen de los cuadros, no se puede saber si Hitler era un pintor tan mediocre como en todas sus otras facetas de la vida, desde la de amante a la de estadista, salvando la de genocida. Pero cuesta poco trabajo pensar que, de no ser por la autoría supuesta, esos lienzos no se habrían subastado jamás.
Aparece ahí un aspecto interesante del pensamiento o, si se prefiere, del espíritu humano. Supongamos que los cuadros de Hitler fuesen excelentes, dignos de compararse, qué se yo, con cualquiera de sus víctimas intelectuales desde Kandinsky a Munch. ¿Tendría sentido aplaudirlos? ¿Existe una estética libre de ética, en contra de lo que el profesor Valverde sostuvo cuando abandonó su cátedra tras la depuración de Aranguren y Tierno Galván? Ya estamos en que el franquismo en España no fue lo que el nazismo en el resto de Europa, aunque tuviera lo suyo. Pero el argumento vale: ¿nulla estetica sine etica, o se trata de dos parcelas separadas, ni siquiera tangentes, cuya única semejanza se reduce a que ambas son el resultado de la actividad humana?
Hace años me preocupaba por el hecho de que los escenarios imperiales nazis me pareciesen de una belleza inmensa, sobre todo gracias a los directores de cine que, como Visconti, narraron una caída de los dioses digna del Olimpo. Me parecía pecaminoso el encontrar siquiera una brizna de excelencia en un lodazal. Pero Leni Riefensthal, por ejemplo, fue una artista cuyo talento no disminuía su contribución a la propaganda nacionalsocialista. Si nos paramos a pensarlo, bastantes de las joyas arquitectónicas o escultóricas que nos han llegado desde los tiempos de las civilizaciones más remotas están manchadas de sangre, de opresión, de miseria. El arte es casi siempre el patrimonio de los poderosos.
Nada de eso se aplica, creo yo, al caso de las acuarelas de Hitler. Sería del todo extraño que un personaje de tanta vulgaridad pudiese albergar el talento necesario para dar cuerpo a obras inmortales. No cuadra un Hitler pintor, como tampoco lo hace un Pinochet pianista. Si la subasta fue un éxito, se debe a que no hacia falta que Yasmina Reza nos hablase de la estupidez del mercado artístico para saber que los cuadros muy caros lo son a veces por razones espúreas. La de tener en casa una obra del mayor genocida que ha dado la Europa reciente merece pagar catorce mil euros por cada acuarela suya. Sobre todo porque, a ese precio, queda claro que sólo se abona el certificado de maldad.