MATÍAS VALLÉS
Nietzsche no le perdonaba a Wágner que anulara su facultad de discernimiento, porque "no logro comportarme con frialdad crítica frente a esa música". No vamos a rebajar a los Beatles a la insignificancia wagneriana, pero un planeta superpoblado de herederos del superhéroe nietzscheano se topa con la misma perplejidad al analizar al cuarteto de Liverpool. El mundo lleva medio siglo intentando asfixiarlos y descomponiendo sus canciones, para acabar imitándolos con descaro. Ha llegado el momento de rendirse a la evidencia y entonar el Let it be.
Los Beatles se emanciparon de sus seguidores, en cada una de sus canciones y en la mejor de ellas que escapa al colectivo, titulada Imagine. Su música rechaza la intelectualización, renuncia a la culpa y a la expiación. Admitieron la rebelión juvenil como una molesta adherencia. Fueron más famosos que Jesucristo, pero la constatación no resuelve el problema de cómo fraguaron la ascensión a los cielos. Malcolm Gladwell establece en Fueras de serie que la clave de su divinización radica en los miles de horas tocando en locales cavernosos de Liverpool y Hamburgo. Tendemos a menospreciar la conexión entre el genio y la perseverancia.
Los Beatles, la imbatible energía del revoltijo. Literalmente, porque Paul McCartney se despierta una mañana con la melodía de Yesterday a cuestas, salvo que la superpone a las palabras "huevos revueltos". Y de aquel "scrambled eggs, cómo me gustan mis scrambled eggs", nace la canción bajo cuyo influjo han creído enamorarse millones de personas. Por tanto, menosprecio del poema. El arrinconamiento de las palabras impide tergiversar el contenido. Fueron unos visionarios porque advirtieron que la música del conjunto –hoy llamado "la masa"– domina y oculta el discurso del líder. Por desembocar en el mismo Nietzsche del principio, los Beatles labraron con su música "el verdadero lenguaje universal, que se entiende en todas partes". De ahí que sigamos escuchando, con independencia de nuestra voluntad.