EVA ACOSTA
A medida que pasa la vida y una va cumpliendo años (o al revés), una llega a la conclusión de que sólo hay dos formas de tomarse el mundo. La primera es andar de sofocón en sofocón a cuenta de los despropósitos que nos rodean; la segunda, no extrañarse de nada y seguir a nuestra bola. Observen a su alrededor y confirmarán la teoría, con algún matiz: aunque se dan ejemplares puros de las dos especies, lo más corriente es el híbrido que las combina en distintos porcentajes, e incluso el híbrido que oscila cada día entre una y otra, como el péndulo de un reloj de pared. No hablo sólo de manías particulares, como pillarse un berrenchín porque han cambiado el sentido de una calle o porque no nos gusta la nueva equipación de nuestro club. Me refiero a cuestiones de más calado o, al menos, de mayor repercusión social; grandes temas de la política, la sanidad, la economía, la educación...
Tomemos, por ejemplo, un hecho muy comentado la semana pasada: la batalla campal que tuvo lugar en un pueblo de las cercanías de Madrid entre la muchachada botellonera y la policía. Obviaré los detalles para centrarme en el eco que ha despertado; y es que se ha producido una caída de guindo colectiva, y de repente ha pasado a primer plano una realidad con la que hace años, si no décadas, que convivimos. Supongo que el quid del asunto habrán sido las imágenes colgadas en la red, porque, ¿de verdad a estas alturas alguien, sea padre, político o comentarista radiofónico, ignoraba que buena parte de la juventud española se pasa el fin de semana practicando el deporte de emborracharse cuanto antes, con el posible adorno de la ingestión de cocaína o las llamadas "drogas de diseño"? Y más aún, ¿es raro que gente acostumbrada desde los doce o trece años a callejear hasta las tantas, y a quienes los mismísimos papá y mamá van a recoger en coche de madrugada, ocho años después necesiten ponerse de todo, montar algaradas, asaltar una comisaría o robarle el arma reglamentaria a un urbano?
Escandalizarse, o suspirar y seguir andando; no hay más. En este caso el escándalo me parece un soberano ejercicio de hipocresía; típico, por otra parte de un país que confunde criar a los hijos con darles barra libre (nunca mejor dicho), y donde se pretende arreglar el maltrecho panorama de la educación poniéndoles a los alumnos un ordenador portátil por delante. En cuanto al suspiro, hay que procurar que no se confunda con el pasotismo puro y duro, porque si se empieza a discurrir en paralelo al mundo, se puede acabar mal. Optemos, pues, por un suspiro crítico y, desde luego, por no sorprendernos de nada. Como norte y guía, sigamos a Miyuki Hatoyama, esposa del presidente electo de Japón y autora del libro Las cosas extrañísimas que me han pasado. Ya ven: ha estado en Venus, y ahí la tienen, tan sonriente y a punto de ser primera dama del país de los cerezos en flor.