RUBÉN RIAL
Las dos, izquierda y derecha quieren conseguir el máximo beneficio para todos, para el capital y para el trabajo. Pero difieren en la forma en que creen que se puede conseguir.
La izquierda quiere un reparto equitativo ya. En su forma más extrema, quiere que desaparezca "el patrón"; cree que es un elemento innecesario. En teoría, la idea es buena, pero en la práctica resulta imposible. Una vez que se ha hecho desaparecer un patrón aparece otro, o incluso de multiplica. En el marxismo soviético, el estado se convirtió en un patrón tan tirano como el peor de los capitalistas. Y además, aparecieron los burócratas que también empezaron a actuar como patrones, tiranuelos satisfechos con su cuota de poder indiscutido. La caída y el desmembramiento de la Unión Soviética fue el inevitable fin de una utopía cruel y probablemente imposible.
La derecha, más práctica, reconoce la desigualdad inevitable y entrega el poder al capital. En los primeros tiempos, el poder del capital era absoluto y despótico. El trabajo siempre era mano de obra esclava, sin derechos. Un esclavo no era dueño de nada, ni siquiera de su vida. No podía cambiar de trabajo, ni de residencia. Si enfermaba, o si moría, a nadie le importaba. Esta situación duró miles de años, pero al final el capital comprendió que daba mucho mejor resultado la conversión del esclavo en consumidor. El esclavo se convirtió en obrero con un sueldo que le servía para poder comprar las cosas que él mismo producía. El capital era feliz, porque recuperaba todo lo que entregaba a sus obreros y el obrero también, porque conseguía un poco de aquello que él creaba con sus manos y que ya no desaparecía (o al menos no desaparecía del todo) en los bolsillos del capital.
Sin embargo, el capital, por su origen y su naturaleza siempre intenta conseguir el máximo de beneficios. Su interesado razonamiento dice: si yo gano, podré reinvertir y crearé más trabajo, con lo cual al trabajador también saldrá ganando. Suele olvidar la segunda parte: si yo gano, viviré como un sultán, pero continúa: si dejo de ganar, todavía intentaré vivir tranquilo con lo que me queda; si el trabajo sufre, es su problema. Y así estamos hoy. Los socialistas quieren que el capital ceda una parte mayor de sus beneficios y quiere aumentar los impuestos. La derecha en cambio dice que si el capital deja de ganar tanto como acostumbraba, no reinvertirá y al final el trabajo no reaparecerá.
Pero hay algo intrínsecamente viciado en el argumento de la derecha. Por ejemplo, si el capital dejase de pagar a la seguridad social, no hay duda de que tendría mucho más capacidad para contratar mano de obra. Así están en EEUU ahora, temiendo que, si la asistencia sanitaria se extiende a toda la población, los beneficios del capital caerán y al final quien perderá más –dicen- será el trabajo. He dicho que el argumento está intrínsecamente viciado, porque a ese paso, mejor sería volver a la esclavitud. El capital podría garantizar comida y un techo (pero nada más) a cambio de un trabajo seguro e inextinguible. De sol a sol, sin sueldo, sin medicina, sin posibilidad de cambiar ni de amo ni de residencia. El esclavo siempre sería esclavo y el amo no ganaría tanto, pero no sufriría la zozobra causada por la volubilidad de los mercados. No temería las huelgas, la mujer sería simplemente la productora de más esclavos y la educación sería innecesaria.
Vamos, un ideal: pleno empleo, sin ningún límite. Contrataré un esclavo que ponga la comida al perro, otro para el canario y otro en cada puerta para no hacerme daño en la mano si soy yo mismo quien usa el picaporte.
La polémica sobre la implantación del servicio médico universal en EEUU, nos asombra. La desesperada lucha de los republicanos (y también de algunos demócratas) para impedir que Obama consiga lo que no pudo conseguir Clinton, nos parece increíble. Pero aquí no estamos tan lejos si creemos que los impuestos nunca deben subir.
Lo malo es que los acérrimos defensores del capital siguen ignorando que cuanto mejor vivan sus esclavos, mayores serán sus beneficios.