ANTONIO PAPELL
Se han cumplido ocho años –a veces parece que fue ayer, a veces que hace siglos– de los terribles atentados del 11-S, sin duda el suceso traumático políticamente más relevante en el mundo desde el final de la Segunda Guerra Mundial. Y aunque se han efectuado balances para todos los gustos e interpretaciones que recorren toda la gama desde el optimismo irracional al pesimismo irreflexivo, lo cierto es que bien poco ha cambiado en el mundo desde aquella coyuntura que suscitó y posibilitó la locura homicida de los fanáticos islamistas, que más tarde se cebaron también en España aquel infausto 11-M del 2004.
La respuesta norteamericana al 11-S, tan legítima como desaforada y mal orientada, dejó prácticamente intactas las fuentes del terror. El sacrificio de la libertad en el altar de la seguridad que pretendió Bush, la absurda guerra de Irak sin que todavía se conozcan las verdaderas razones de aquel conflicto, el recrudecimiento del conflicto del Próximo Oriente –un drama inagotable que hiere profundamente a la comunidad islámica–, etc., no sólo han impedido avances reales en la lucha contra el islamismo radical sino que han contribuido a extenderlo: la guerra de Irak ha convertido a este país en un nuevo foco de irradiación del fanatismo islamista. La prueba más elocuente del fracaso de la guerra de Occidente contra el islamismo es el hecho de que Osama Bin Laden y sus principales secuaces continúen en libertad y en paradero desconocido.
La llegada de Obama a la Casa Blanca y el eclipse general del edificio ideológico que se retrató en la célebre foto de las Azores abre nuevas expectativas, todavía balbucientes. La guerra de Irak no está ni mucho menos resuelta pero sí podría decirse que el país ha encontrado su camino. Todo lo contrario de lo que ocurre en Afganistán. Y, de momento, el conflicto palestino israelí sigue en completa carnazón.
El cierre de Guantánamo y la explícita condena, con probables consecuencias penales, de las violaciones de los derechos humanos cometidas en la lucha de EEUU contra el terrorismo, son gestos que indican una relevante rectificación no sólo de los principios sino también, y sobre todo, de las estrategias, pero resultaría aventurado afirmar que en estos ocho años hemos conseguido avances en la pacificación del sistema de relaciones internacionales, en la remisión del "choque de civilizaciones" de Huttington, en la extensión de las libertades civiles y de los grandes derechos humanos, en la construcción de un mundo multipolar en equilibrio estable, del que sean excluidos los fanáticos, los intransigentes y los que nieguen la dignidad del ser humano.
Tampoco se ha actuado sobre los elementos socioeconómicos que están en el origen del fanatismo islamista. La postración del pueblo palestino y el subdesarrollo del Suroeste Asiático, principal foco de inestabilidad del planeta, se han agravado con la crisis internacional que padecemos, en que Washington y las demás potencias deben concentrar su atención preferente. En definitiva, el comienzo de la era Obama, que tantas expectativas ha suscitado en lo tocante al establecimiento de un nuevo orden internacional más racional y justo, no ha cuajado todavía en hechos ni en proyecciones esperanzadoras. Quizá sea preciso que pase la gran recesión para que la intelligentzia occidental pueda embarcarse realmente en la ardua tarea de gestionar la cambiante y retadora globalización.