GUSTAVO CATALÁN
Debía ser, para pasar esa semanita de vacaciones, una ciudad que ninguno de nosotros conociésemos y, entre las varias posibles, elegimos Munich. Sabíamos de unos grados menos tanto en la cerveza como en temperatura ambiental, aunque fue la perfecta organización urbana lo que hizo de nuestra estancia una delicia.
Para hacer efectiva la aspiración del lastimoso anuncio radiofónico, me refiero a ése de "Cati, estoy estresado; necesito desconectar", sin duda existen un sinnúmero de alternativas pero, créanme, la capital bávara es una de ellas con independencia de museos –que los tiene y excelentes–, edificios emblemáticos, amplias zonas peatonales y cómodo alojamiento a precios razonables. Son, sobre todo, la rigurosa puntualidad y un escrupuloso ordenamiento, las circunstancias que hacen de Munich una ciudad fiable, leal para con las expectativas del visitante, veraz y relajante. Porque las previsiones cumplidas no implican monotonía, y saber que los horarios no se indican a título aproximativo o que llegarás adonde quieres ir porque habrá una flecha en cada titubeo, permite dedicar la atención a aquello que se elige y no a subsanar errores ajenos, desde el adoquín ausente con peligro de un traspiés a la señalización ambigua.
¡Que tenga uno que ir a Baviera para reconciliarse con el orden establecido! Pero se trata de un orden eficaz y amable, que traduce planificación, y es que no puedo imaginar a los responsables de las áreas correspondientes firmando actas de unas reuniones a las que no hayan asistido, como sucede por acá. Para empezar, los transportes públicos. Los podrá haber iguales, aunque no daría con el modo de mejorarlos, así que durante nuestra estancia y desde la llegada al aeropuerto, no precisamos de taxi ni una sola vez y me excusará el colectivo de la isla, pero tal como sucedió lo cuento. ¿Rapidez? Apostaría a que ningún vehículo en superficie la supera. Desde la terminal aérea hasta una parada a cincuenta metros del hotel, cuarenta kilómetros de recorrido en media hora escasa, con el aliciente añadido de poder elegir entre metro o tren en las mismas estaciones, y a tenor del destino, mediante un abono que para cuatro personas y cinco días sale a 21 euros; más o menos a un euro por cabeza y día. Nunca debimos esperar más allá de unos minutos, los paneles electrónicos remedaban en su exactitud la cuenta atrás de un lanzamiento espacial y, en cuanto a limpieza, pero que ni un trozo de papel, oigan.
Cuando comparo el sistema de orientación de esa compleja red subterránea con el que dirige los pasos perdidos en el hospital donde trabajo, es que se me llevan los demonios. Por terminar con el transporte, tranvías y autobuses utilizan allí el mismo carril, y sus tiempos de llegada son tan visibles en cada estación, tan exactos, como en las del metro. Por cierto: el abono que he mencionado vale también para ellos, y pasar el billete por la máquina registradora hace superfluo al revisor. No alcancé a toparme con ninguno, lo cual da idea de la responsabilidad que se supone a los usuarios y a la que sin duda hacen honor.
Papeleras a cada poco y, en las aceras, ninguna goma de mascar fosilizada. El Jardín Inglés, uno de los mayores parques urbanos en Europa, puede soportar sin aparente deterioro a los bañistas en su pequeño río, el picnic de las familias o grupos de nudistas. Cada quién a su bola en la seguridad de no ser molestados y, al deambular por los alrededores, algún automóvil se detendrá para cederte el paso. Y es que no se precisa de la sorpresa, el sobresalto, la indignación o un sordo cabreo, para disfrutar con plenitud y en variopinta vecindad.
Al contratar una excursión a cualquier palacio de las cercanías y si te advierten que durará diez horas y media, no hay duda que así será. Nos llegamos al de Neuschwanstein, que parece sacado de un cuento de hadas. Pues bien: pese a la afluencia de público, el número que figura en la entrada permite conocer, tras consultar el oportuno panel, el minuto en que se accederá al recinto. Saberlo con horas de antelación favorece el mejor disfrute del tiempo que falte, sin enojosas colas y, ya en la visita, la audio guía se activa automáticamente en cada sala, permitiendo un recorrido a la carta.
Si sumamos a todo ello el tráfico silencioso –mucha bicicleta y ni un solo ciclomotor excepto los que se exponen en el museo BMW–, las animadas calles o playas a 20 minutos, en el lago Starnberg, se comprenderá que nos preguntáramos, ya de regreso y abofeteados por el calor, qué extraña querencia en verano la de los alemanes por Mallorca. Porque no serán los cómodos desplazamientos, la pulcritud, el orden o unos precios hinchados como la barriga de esas jóvenes que promocionan el Activia, los que nos convierten en oscuro objeto de deseo.
Y, no obstante, salvados a pesar de todo ello, ya ven. Aunque nadie se atreva a vaticinar, de seguir así, hasta cuándo el milagro turístico.