MIGUEL DALMAU
Vaya por delante que llevo una vida poco convencional. Y que aquellos de los que hablaré son personas mucho más convencionales que yo. Sin embargo, se diría que han propuesto amenizar su tediosa existencia colocándonos al borde del soponcio. Me explicaré. Hace años mi padre hablaba del "síndrome de pérdida de clientela", es decir, el drama que sufre cualquier ciudadano cuando descubre que el público ya no le responde y ese ciudadano se ve obligado a tomar medidas urgentes para recobrar el trono perdido. En aquel contexto mi padre se refería a la Iglesia, que estaba dilapidando crédito a pasos agigantados, y que se lanzó a una renovación artificial para salvar in extremis los muebles. Treinta años después las cosas no sólo no han mejorado sino que el panorama de unos templos casi vacíos demuestran que algunas medidas adoptadas fueron un desacierto. ¿Cuáles? Todo se reduce a una. Imponer la modernidad. He aludido a la Iglesia, pero el problema se hecho extensivo de forma alarmante a personas, familias, medios, negocios e instituciones. Resulta que ahora todos somos modelnos. Y hasta postmodernos.
Si uno mira a cualquier parte reconoce la misma pandemia. Cuando un padre pierde fuerza, apuesta por la modelnidad. "Mi hijo no es sólo un hijo. Es mi colegui". Cuando un profesor recibe un sopapo de un alumno, o bien cae en una depresión o se pone un piercing en la nariz. Si se trata de medios de comunicación, el miedo al futuro se expresa en términos de franca ordinariez. ¿Qué no hará una cadena de radio o televisión para retener la audiencia? Otro tanto vale para la prensa escrita. Si uno compra el periódico del domingo, ha de acudir al kiosco con un carrito del super para transportar un arsenal de chucherías. Y todo, insisto, para no perder pie, para no quedarse atrás en esta carrera insensata y absurda. Una carrera tan innecesaria como condenada al fracaso. El sprint por la modernidad.
Pero donde el asunto alcanza cotas de vértigo es en la política. No digo que la alcaldesa, por ejemplo, sea una mala chica. Pero cuanto antes rectifique, antes le invitaré a tomar el vermouth. En plan señor. En muy poco tiempo esta ciudad se está haciendo irrespirable e irreconocible. Mientras en Ámsterdam cierran los coffee shops y muy a mi pesar ya no podré pegarme aquellos petardazos de Kerala, mientras tampoco podré ver más a mis nenas de la noche en sus cuartitos rojos, glups, pues resulta que aquí, en Palma, nos hemos puesto modelnos. Que si carril bici para concienciar a la ciudadanía, que si el Terreno ha de ser nuestro barrio gay, que si el botellón es cosa de todos, que si la fachada marítima, que si los negros y los blancos somos iguales –¿desde cuándo, hermana?–, que si las iglesias deben alumbrarse con energía solar. En fin… Demasiado miedo a perder la clientela. Unos y otros. ¡Ah¡ Y no hablo de constructores ni hoteleros porque a esos, encima, tendremos que pagarles la fiesta. Por habernos traído la modelnidad.