PEDRO VILLALAR
El ascendente populismo latinoamericano, que sigue la huella del ex golpista Hugo Chaves en el inefable camino de la desactivación de la democracia, está acentuando sus presiones sobre la prensa, cuya libertad es la mayor garantía de pluralismo de cualquier país. Los pretextos siempre son los mismos: los voceros proscritos serían la expresión amaestrada de grupos de presión enemigos del pueblo. Argumento falaz porque la libertad de expresión consiste precisamente en que todos tengan idéntica posibilidad de manifestar sus ideas y sus opiniones. La propensión censora del chavismo en Venezuela debe resultar altamente contagiosa porque también alcanza a la aparentemente más avanzada democracia argentina. En este país, los Kirchner no son tan expeditivos como el militarote de más al norte: utilizan armas más sutiles pero igualmente letales. Su lucha contra el grupo Clarín, una institución principal e insustituible del sistema mediático argentino, se lleva a cabo mediante leyes antimonopolio y a través de una obsesiva persecución de los inspectores de Hacienda. Conviene no ser tibios en las críticas contra estas actitudes, que son claros indicios de una deriva autoritaria incompatible con la democracia sin adjetivos que Occidente ha consolidado como la única forma de gobierno aceptable.