J. VIDAL VALICOURT
La historia me la contaron hace unas semanas y ahora –es justo y necesario– se la devuelvo a ustedes, eso sí, un tanto desvirtuada debido al tiempo transcurrido y a la imaginación de quien esto escribe o, en fin, transcribe. Imagínense la clásica reunión de compañeros de curso. Se citan, habitualmente, en un restaurante de Palma. Pasan los años y, como es natural, hay bajas. No tanto por indisposiciones pasajeras u olvidos propios de la edad, sino a causa de la muerte, ese acontecimiento tan vulgar y a la vez tan misterioso. De veinte viejos compañeros vamos pasando a once, luego a siete, más tarde a tres. Al final, tan sólo queda uno. Lo llamaremos El único. No queda nadie más que este señor que, en lugar de suprimir estas reuniones, insiste en acudir a la cita anual. Él se encarga de reservar mesa. Todos han muerto, menos él. Podemos verlo entrar en el local y dirigirse con parsimonia y determinación a la mesa de siempre o, tal vez haya preferido, con la intención de no levantar sospechas y debido a su natural discreción, una mesa individual o, a lo sumo, para dos. Todo esto lo hace en memoria de sus viejos compañeros. Pero también lo hace por él mismo, para no abandonarse, para no perder el orgullo y, de algún modo, hacerle un poco la puñeta a la muerte, esa cabrona que se ha llevado por delante a sus colegas. Muchos clientes del restaurante lo conocen y, sabedores de la situación, no dudan en invitarle a su mesa. Él, sin embargo, declina la invitación. Lo hace con cortesía, con cierto orgullo de superviviente. A lo sumo, aceptará dejarse invitar al café, pero nada más. Es un hombre bien educado. Cualquier otro hubiese arrojado la toalla, afectado por la melancolía y la nostalgia, enfermo de tristeza o, en fin, tal vez indiferente a todo cuanto le rodea. Pero él, no. Aferrado a la costumbre y al ritual, persiste en su empeño de acudir a ese restaurante. Es un hombre frugal, que come despacio, masticando detenidamente el lenguado, la patata hervida y dando breves sorbos de agua o de vino. Brinda en silencio por los amigos desaparecidos, mientras sus ojos se pierden, sobrevolando las cabezas de los demás clientes, en un infinito que reúne los rostros de sus compañeros muertos en combate.
No es un héroe, aunque hay un brillo en su mirada que invita a pensar que nuestro hombre está midiéndose con la muerte, encarándola como la encaraban aquellos dos grandes actores, Randolph Scott y Joel McRea, en la maravillosa película de Sam Peckinpah –otra vez sales, querido Sam, gran hijoputa– cuando avanzaban lentos, altivos, determinados para enfrentarse a esa banda de patibularios que les aguardaban. En fin, el western y sus verdades radicales. Pero nuestro hombre, por el contrario, tiene poco de hombre del oeste, aunque su soledad en el restaurante nos haga fantasear y nos lleve, como sin querer, a esa película levemente comentada, Duelo en la Alta Sierra. Bien, nuestro hombre ya ha pedido la cuenta, se ha limpiado las comisuras de los labios. Tras dejar la propina, se ha incorporado y, con exquisita corrección, ha saludado a los comensales de la mesa vecina y ha salido del restaurante. "Nos vemos el año que viene a la misma hora y en la misma mesa", pongamos que le ha dicho al camarero. O quizá ha sido éste quien ha pronunciado la frase. No importa. Lo cierto es que nuestro hombre cumplirá con su palabra, con la costumbre, con este viejo ritual que con el tiempo le ha convertido en un tipo único. En el único.